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Los cobros por congestión

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A medida que las ciudades crecen y que las dinámicas urbanas se van haciendo más complejas, resultan más apropiados los costos por congestión.

Vickrey, premio Nobel de economía en 1996, mostró las ventajas de estos cobros. En lugar de fijar tarifas de manera discrecional, lo mejor es crear las condiciones para que las personas manifiesten la necesidad que tienen del servicio, y el cobro se realice en función de la congestión. La tarifa es muy baja si la persona solicita el servicio a una hora en la que no hay congestión. El peaje es barato si entro a la autopista en un momento en el que no hay carros porque la mayoría de las personas está en su casa disfrutando del final de la copa mundial de fútbol.

Los sistemas tarifarios de Vickrey tienen numerosas aplicaciones: peajes, llamadas telefónicas, tiquetes aéreos, etc. La solución es muy útil, sobre todo, cuando el bien que se ofrece tiene costos marginales decrecientes. Una de las aplicaciones más generalizadas se observa en el diseño de las tarifas aéreas. Una vez que el avión está listo para salir, el costo marginal del último pasajero es un café. Siguiendo los principios de Vickrey, las aerolíneas cobran muy baratos los primeros tiquetes que venden (un año o 6 meses antes del vuelo), y el precio sube exponencialmente a medida que se acerca la hora de salida del avión. La última persona termina pagando una tarifa considerablemente mayor al costo marginal, pero se siente satisfecha por dos razones. Primero, porque encuentra cupo. Y segundo, porque tuvo la oportunidad de hacer el balance costo/beneficio de acuerdo con sus propias necesidades.

En las ciudades grandes del país se debe avanzar en las diversas modalidades de cobros por congestión. Es necesario diseñar los mecanismos para que ello sea posible. En lugar de “pico y placa”, el cobro de peajes en función de la congestión permite que cada persona evalúe la relación costo/beneficio y decida si utiliza el carro privado. Vickrey discute las implicaciones que tiene sobre la equidad el cobro por congestión. En el caso de los aviones no habría problema porque los pobres compran el pasaje con mucha anticipación. Pero sí se generan inequidades en algunos servicios públicos, ya que los pobres tienen que prender la estufa a la hora de alta demanda. Igualmente, no tienen más remedio que tomar el metro a la hora de mayor congestión. Estos asuntos difíciles, decía Vickrey, tocan dimensiones políticas que deben ser resueltas en el Concejo de la ciudad de New York.

De todas maneras, es conveniente ampliar los mecanismos que facilitan los cobros por congestión. La solución que han encontrado algunas empresas de taxi en las aplicaciones para teléfonos móviles expresa muy bien la intencionalidad de Vickrey. Suponga que está lloviendo, son las 6:00 pm y usted tiene un vuelo a Paris con conexión a Tel Aviv. Si solicita un taxi y ofrece una propina de $40.000, es muy probable que inmediatamente le confirmen el servicio. El taxista amable se baja del carro, se moja, y le ayuda a subir las maletas. Ambos llegan sonriendo al aeropuerto. El taxista recibe $70.000 (los 40.000 de la propina y los 30.000 de la carrera), y usted se despide contento porque llegó a tiempo.

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