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Indicadores alarmantes

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Ante la falta de estadísticas oficiales, tres universidades de Venezuela acaban de publicar los resultados de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) de 2017. El estudio fue realizado por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello. Los datos son sorprendentes por tres razones. Primero, por las alternativas metodológicas propuestas. Segundo, por el deterioro significativo de la calidad de vida. Y, tercero, porque la situación actual de Venezuela era inimaginable hace 10 años.

El gran reto metodológico que tuvieron que resolver las universidades consistía en encontrar la forma de hacer comparaciones intertemporales en ausencia de una unidad monetaria que sea estable a lo largo de los años. La inflación de Venezuela ha llegado a niveles altísimos, sin que nadie sepa con certeza cuál es la cifra. El Fondo Monetario estima que en 2017 fue de 10.000% y cree que en 2018 llegará a 15.000%. Según los datos de la Asamblea Nacional, en 2017 la inflación fue de 2.000%. Aún con el porcentaje del 2.000%, es claro que el bolívar ha perdido dos características básicas de cualquier moneda: ha dejado de ser medida del valor y es un pésimo medio de cambio. Estas fluctuaciones de los precios tan elevadas impiden hacer comparaciones interanuales mínimamente confiables. Por esta razón, el análisis de la Encovi se tuvo que realizar, sobre todo, con indicadores que no son monetarios, y este ejercicio es muy complejo, especialmente cuando se trata de examinar la evolución a lo largo del tiempo.

El deterioro de la calidad de vida es alarmante. El estudio de las universidades incluye varias dimensiones: pobreza, alimentación, salud, educación, seguridad personal, emigración y trabajo. La incidencia de la pobreza extrema pasó de 23,6% en 2014 a 61,2%. Y, además, la brecha entre regiones se ha acentuado. La pobreza multidimensión pasó de 41,3% en 2015 a 51,1% en 2017. Las privaciones son especialmente significativas en el componente de empleo y protección social. El número de personas que tiene que buscar subsidios ha aumentado de manera significativa. En 2015 había 6,5 millones de personas beneficiarias de la Misión de Alimentación. Esta cifra se duplicó y en 2017 llegó a 12,6 millones. En 2014, 79,4% de las familias comían pollo. En 2017, el porcentaje se redujo a 34,3%. Algo similar sucedió con la carne, y los porcentajes cayeron de 74,8% a 39,9%. Para el 89,4% de las familias, el ingreso que recibe no es suficiente para adquirir los alimentos básicos. En el informe de las universidades abundan los indicadores. Apenas he mencionado algunos.

El agudo deterioro de la calidad de vida de los venezolanos era impensable hace 10 años. Va quedando muy poco de los avances que había logrado Venezuela en calidad de vida. El retroceso muestra que las sociedades son frágiles, y que las dinámicas negativas una vez que comienzan pueden generar círculos viciosos imparables. La llamada revolución bolivariana no logró mejorar de manera sostenible el nivel de vida del país. La bonanza petrolera no se sembró y el ideal distributivo no se alcanzó. Y aunque el fracaso es contundente, el ciclo perverso no se ha detenido, y las medidas económicas que recientemente ha tomado el gobierno de Maduro tampoco resolverán el problema. La nueva moneda virtual, el petro, no es la solución milagrosa.

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