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Hagamos la paz primero entre nosotros

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Luego del resultado definitivo de las elecciones presidenciales en nuestro país, pienso que es importante reflexionar alrededor de un mensaje que queda de quienes se sumaron a la idea de Juan Manuel Santos. La evidente polarización que vivimos se resume en 50% - 45% final.

Uno de cada dos colombianos que votó, no está de acuerdo con Santos. Uno de cada dos colombianos escogió a Santos más allá del discurso de paz. Muchos votaron por antiuribismo, así como muchos por ser uribistas. Independiente de los partidos políticos y lo que pensaban sus diversos representantes, el votante del común, terminó definiendo sobre los 5 puntos porcentuales de diferencia por diversos motivos. Se mezclaron variables políticas, emocionales y racionales a la hora de decidir. Cada colombiano interpretó el mensaje de paz que dieron los dos candidatos a su manera particular. Nadie sabe exactamente cuál fue la gran variable que terminó volteando la balanza. 

La izquierda resultó fundamental en el apoyo al proyecto de proceso de paz que presentó Juan Manuel Santos. Aunque el candidato Óscar Iván Zuluaga al final de la campaña dijo que seguiría el proceso, con condiciones diferentes, la gente de la izquierda resistió siempre esa teoría. Muchos recordaron siempre que al inicio de la campaña el Centro Democrático comenzó con la frase de terminar el proceso de paz el 8 de agosto, de llegar eventualmente a la presidencia. Considero que esa y otras contradicciones terminaron minando significativamente el potencial de crecimiento de votantes entre primera y segunda vuelta para Zuluaga.  Los independientes, algunos grupos de estudiantes e intelectuales aprovecharon sus respectivas tribunas y audiencias para promover el peso de la idea de la paz sobre la guerra. Santos usaba el argumento implacable de los dos puntos porcentuales de crecimiento marginal sobre el PIB, mientras estas voces apelaron al sentido común y de la necesidad de un pasar la página.

Si el país quiere potenciar su crecimiento y desarrollarse de verdad, lo primero que debe hacer es reflexionar sobre un profundo paso de perdón y reconciliación. Antes de hacer la paz con las guerrillas, se debe hacer un gran proceso de paz entre nosotros mismos. El 45% debe reconciliarse con el 50%. Los uribistas deben dejar aceptar la derrota. Los antiuribistas deben aceptar que los votos de los perdedores son igual de válidos y se deben tener en cuenta las opiniones y críticas constructivas de cada una de las personas que no creyó en Juan Manuel Santos. El presidente debe darle participación en su segundo Gobierno a Zuluaga e integrantes de su equipo que tienen algo importante por aportar. Igualmente importante que se le dé el justo reconocimiento a la izquierda, una necesaria y sana inclusión que históricamente poco ha tenido nuestro país. Sólo para citar algunos ejemplos, no son despreciables las hojas de vida e ideas de personas como Aida Avella, Jorge Robledo y Clara López quien a pesar de sus reparos y críticas a temas económicos de la derecha sus debates deben ser bienvenidos. Si de verdad queremos paz, deberíamos poder convivir con las ideas de los demás. Los de derecha con los de izquierda y los de izquierda con los de derecha. Mas importante que los de derecha uribistas convivan con los de derecha antiuribistas. Sin insultarnos, sin dispararnos, sin matarnos. Una evolución necesaria que se resume de la siguiente manera: las ideas de los demás pueden ser buenas o malas, válidas o inválidas; pero debemos aprender a independizar la idea del origen político y pasado de quien la promueve. Una buena idea no necesariamente se debe desechar porque la persona que la dice tiene un pasado cuestionado o no es de nuestros afectos políticos. Uribe ha tenido razón en algunas ocasiones y Santos también. El mejor ejemplo es que la victoria del presidente se configuró sumando a sus contradictores, y si logra la paz, lo hará firmando con las guerrillas, que bastante daño histórico le han hecho a todo el país.

Ñapa: conocí a Juan Ricardo Ortega en la Universidad De Los Andes. Compartimos en la época una materia para completar nuestras carreras. Toda mi solidaridad con él, su esposa Paola y sus hijos pequeños. Ningún funcionario serio y decente puede aceptar amenazas y que tristeza que deba abandonar el país.

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