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ANALISTAS 10/04/2026

No es momento de exquisitez

Jerome Sanabria
Estudiante

La semana pasada se desató una controversia en redes sociales a raíz de la propuesta para el agro de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo, que plantea, entre otras cosas, regular precios para proteger el producto campesino nacional.

Quienes criticamos esta propuesta -incluso varios de quienes vamos a votar por Abelardo- lo hacemos porque entendemos que el control de precios destruye incentivos y genera escasez. Como lo explicaba Friedrich Hayek, los precios son señales. Contienen información sobre costos, preferencias de consumidores y productores, y sobre la escasez de los bienes. Esa información está dispersa en toda la economía y es la que fija naturalmente los precios en el mercado. Pero nadie, ni el Estado, posee todo ese conocimiento como para fijarlos correctamente. Por eso, el regulador nunca puede saber cuál es el “precio justo”. Si fija el precio por encima del nivel de mercado, genera sobreproducción. Si lo fija por debajo, produce escasez.

Pero mi crítica no es únicamente a la propuesta de Abelardo. También encontré una propuesta de Paloma Valencia sobre la necesidad de “proteger el arroz colombiano y a sus productores”, que, en la práctica, resulta igual de nociva. Cuando se habla de protección del producto nacional, en realidad se está hablando de aranceles, restricciones a las importaciones e incremento de subsidios a productores locales. Es decir, intervención estatal. Y lo curioso es que esta alta dosis de intervencionismo casi siempre termina acompañada del control de precios.

Siguiendo a Hayek, estas medidas también distorsionan el sistema de precios. Si se limitan las importaciones o se subsidia la producción, el precio del arroz deja de reflejar las condiciones reales del mercado. Además, la “protección” reduce la competencia y obliga a los consumidores a pagar precios más altos por productos de menor calidad, bajo el argumento de proteger el mercado local.

Resumiendo, no hace falta fijar precios para distorsionarlos; basta con impedir que el mercado funcione libremente.

Aun así, sería injusto desconocer que las demás propuestas económicas de ambos candidatos son, en buena medida, compatibles con el libre mercado. Estas son mis favoritas: Abelardo propone reducir el tamaño del Estado en 25% y una “revolución de desregulación” bajo la lógica de que por cada nueva regulación se eliminen dos existentes. Maravilloso. No basta con recortar burocracia o fusionar ministerios; hay que eliminar todo lo que impida la libertad de mercado.

Paloma, por su parte, plantea implementar vouchers educativos: un bono que va directamente al estudiante (y no al colegio) y que permite a los padres elegir dónde educar a sus hijos. Esto no solo promueve competencia entre instituciones, sino que les da libertad de elección a las familias.

Seamos francos: tener un candidato 100% libertario, un Javier Milei, es prácticamente imposible en el contexto colombiano. Por ahora, enfoquémonos en fortalecer las propuestas liberales que existen. Y, sobre todo, recordemos algo esencial: este no es el momento de ponernos exquisitos con los candidatos. Nos jugamos la supervivencia de la democracia. Primero hay que salvar la democracia, con Abelardo o con Paloma. Después, si quieren, nos ponemos exquisitos con la economía.

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