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Después de una semana en Brasil, como invitada al Fifarma Annual Summit, un encuentro con expertos en el sector de la salud y pacientes de toda Latinoamérica, concluyo que nuestro sistema ya no está en código rojo, estado de máxima alerta. Nuestra salud está en código negro: #MuerenPacientes.
Si Gabriel García Márquez viviese, podría escribir una obra titulada “Crónica de una crisis inducida”. En medio de su realismo mágico, empezaría relatando el caso de un país que tenía un buen sistema de salud. Con sus fallas, como todos, pero que había logrado ampliar el acceso a prácticamente toda la población y ofrecer un modelo mixto donde incluso quienes no tenían dinero podían acceder al mismo servicio de quien sí cotizaba. Un sistema que funcionaba gracias a la cooperación entre lo público y lo privado, pero que estaba amenazado por unos fanáticos de extrema izquierda.
Esos fanáticos planeaban destruir todo lo que fuera privado para convertirlo en un monopolio estatal. ¿Qué podría salir mal? Nada más y nada menos que dejar la salud, es decir, la vida de los ciudadanos, en manos de un Estado históricamente deficiente.
Y esos izquierdistas, encabezados por Gustavo Petro, un día llegaron al poder. Lo primero que hicieron fue cumplir su promesa: destruir el sistema de salud. Petro reunió al equipo de sepultureros, encabezado por Carolina Corcho, quien después sería secundada por Luis Carlos Leal, Guillermo Alfonso Jaramillo, Jorge Iván Ospina y Daniel Quintero. Cada uno cumplió un papel clave en el desmantelamiento del sistema.
Corcho fue la arquitecta de la reforma a la salud. Mientras sembraba dudas sobre el cálculo de la UPC y frenaba el flujo de caja a las EPS, promovía una reforma que las eliminaba y dejaba el sistema en manos del Estado. Básicamente, nos devolvía al Seguro Social. La reforma terminó hundiéndose en el Congreso, pero el daño ya estaba hecho.
Después llegó Jaramillo, encargado de ejecutar lo que Corcho había diseñado. Bajo su administración comenzaron las intervenciones masivas a las EPS y el Gobierno empezó a imponer, por decreto, partes de la reforma que no logró aprobar democráticamente. Primero, operaron el anunciado shu shu shu del presidente Petro: asfixiaron financieramente a las EPS y luego utilizaron esa misma crisis como excusa para intervenirlas.
En ese momento apareció Luis Carlos Leal, quien desde la SuperSalud supervisó algunas de las intervenciones más grandes del país, incluida la de Nueva EPS. ¿El resultado? Más deudas, más desorden y más pacientes muriendo.
Y como si el desastre no fuera suficiente, el Gobierno terminó nombrando a Jorge Iván Ospina como interventor de Nueva EPS, la entidad con más afiliados del país. La salud terminó convertida en un botín burocrático y político. La dupleta la completó el muy cuestionado exalcalde de Medellín, Daniel Quintero, quien es el nuevo SuperSalud y está llevando a cabo el mismo plan macabro.
Gabo terminaría su historia advirtiendo que ese país, lleno de ilógicos e irracionales, al que le habían advertido lo que ocurriría si los fanáticos de extrema izquierda triunfaban, había elegido a Gustavo Petro. Pero como si no fuera suficiente, ahora estaba a punto de elegir al heredero de Petro, Iván Cepeda.
Ese mismo país, así las cosas, se puso la soga al cuello.
Mientras el presidente Petro sigue cazando nazis imaginarios, los enemigos reales avanzan, no se disfrazan de fantasmas ideológicos, están aquí. Son concretos, y requieren acción, no retórica