Analistas

Responsables ante la irresponsabilidad

Antes de la popularización de los medios digitales y en particular de las redes sociales como Twitter y Facebook, la información, opiniones y noticias estaban en las manos de los medios impresos, la radio y la televisión. Aunque la libertad de prensa se haya respetado en casi todos los países, los dueños de los medios y sus editores siempre han ejercido un control responsable del contenido que se publica o se difunde. 

En los casos en que un periodista, columnista o editorialista de un medio tradicional se mete en terrenos complicados, donde su opinión personal prima por encima de la veracidad de los hechos o en situaciones de difamación, publicación de noticias erróneas, falta de precisión, equilibrio y buen gusto en la información publicada, mecanismos como el “ombudsman” o defensor del lector han sido institucionalizados con el fin de representar los intereses del público ante un medio y gestionar quejas particulares por coberturas y tratamientos periodísticos determinados.

En el mundo de las redes sociales, donde todos nos sentimos empoderados para comunicar nuestros pensamientos, opiniones y juicios a diestra y siniestra, los cuales pueden alcanzar audiencias millonarias gracias a la viralidad intrínseca de la red, la responsabilidad de juzgar, corregir y retroalimentar a los usuarios generadores de contenido, recae sobre los operadores de las redes y también sobre los demás usuarios de las mismas. 

Debido al carácter instantáneo y la velocidad con que los contenidos de dispersan y se replican en las redes sociales, resulta una tarea imposible para compañías como Twitter, Facebook, Youtube o el mismo Google filtrar o remover contenidos inapropiados, ilegales o que violan principios básicos de la moral, de manera inmediata. Es por esto que en situaciones como la acontecida hace unos días en la ciudad de Cleveland, donde un individuo utilizó su teléfono móvil para filmar y transmitir a través de Facebook, un asesinato cometido por él mismo, supuestamente para llamar la atención de una mujer, es lógico que se cuestione la velocidad con la que Facebook eliminó los vídeos publicados por el supuesto asesino, desconociendo el inmenso esfuerzo tecnológico que podría implicar un tipo de filtrado cuasi-inmediato como el que muchos quisieran ver implementado para evitar que videos como esos trasciendan. 

En la actualidad, el mecanismo para acortar el tiempo que un contenido inapropiado permanece publicado recae casi por completo en la retroalimentación recibida de parte de los usuarios que lo ven inicialmente y expresan su disgusto o queja. Aunque resulte contradictorio, es más fácil para el operador de una red social darse cuenta de que un contenido debe ser removido, entre más usuarios lo vean y lo reporten. La viralidad de estos medios es, entonces, un arma de doble filo.

En los casos donde el contenido no es de por sí inapropiado, sino más bien incorrecto o difamatorio, esa misma viralidad y la facilidad con que las opiniones se retransmiten, se convierten en el mecanismo de control más eficiente que cualquier medio pudiera desear. Ya sea el caso de una periodista colombiana que arremete contra un pueblo que llora a un músico recién fallecido haciendo una mención innecesaria de los problemas judiciales que enfrentó su padre, o que insiste en llamar “genocida” y “asesino” a un expresidente contra el que no existe ningún proceso judicial, o el del periodista mexicano que hirió la sensibilidad de los seguidores de Juan Gabriel días después de su fallecimiento, al calificarlo como uno de los letristas más torpes de la música popular mexicana; las redes sociales han permitido que la irresponsabilidad de dichos comunicadores o simplemente su falta de tacto, haya sido juzgada por miles o millones de personas. 

Ojalá todos los usuarios de estos medios modernos de comunicación fueran conscientes de la responsabilidad que conlleva el expresar sus comentarios y piensen dos veces antes de “abrir la boca” en las redes sociales.