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Celulares: ¿adicción o falta de disciplina?

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A principios de esta década, cuando los teléfonos móviles inteligentes eran un privilegio y las aplicaciones de mensajería instantánea andaban en pañales, era difícil de anticipar la magnitud de la transformación social que la humanidad iba a experimentar en relación a la forma en que ejercemos el contacto social cotidiano en nuestro entorno familiar y profesional.

La culpa o mas bien la razón de este cambio de hábitos, lo tienen tanto la masificación de los teléfonos móviles, como el avance tecnológico presente en los mismos, que hace que estos pequeños dispositivos portátiles, ofrezcan utilidades y servicios más allá de la simple llamada telefónica, como el ser alarmas despertadoras, cámara de fotos, agenda, bloc de notas, consola de juegos, etc.

Al igual que en su momento sucedió con la televisión y con otros avances tecnológicos, es cuestión de tiempo para que la humanidad pase de una etapa de “luna de miel” que dispara la adopción masiva, a un período donde nos empezamos a cuestionar el efecto negativo que el uso continuo de estos dispositivos, puede generar en ciertas poblaciones de individuos.

Recientemente el tema ha empezado a ser noticia porque dos importantes accionistas de Apple, el indiscutido líder tecnológico de la industria (aunque no sea el primero en participación de mercado), han pedido que la firma emprenda acciones que prevengan y atiendan la potencial adicción que pueden provocar los teléfonos móviles, como parte de la estrategia de responsabilidad social de la compañía. La petición hace referencia a múltiples estudios sobre el tema, en los que se califica como un problema creciente entre los jóvenes, la adicción al uso de estos dispositivos. Los estudios incluyen uno realizado por la Sociedad Radiológica de Norteamérica (RSNA), que sugiere que la adicción a los teléfonos móviles y al uso del internet puede causar desequilibrios químicos cerebrales en jóvenes, que a largo plazo pueden convertirse en trastornos como la depresión o el insomnio.

El “problema” no está limitado a los jóvenes, el teléfono móvil supone un cambio radical en los hábitos personales, públicos, privados y profesionales, generado por el hecho de tener en la palma de la mano una capacidad de gestión de la información como nunca antes en la historia de la humanidad. Es lógico que la universalización de estos dispositivos, que cada vez son mas asequibles y fáciles de usar y que inyectan a la vida una velocidad que no tenía antes, llegue a tener consecuencias negativas tanto en adolescentes que no se despegan de sus “chats” y redes sociales, como en profesionales que se quedan atrapados en una prolongación interminable del flujo de trabajo y esa asunción cada vez mas común de que vivimos enganchados al teléfono y todo debe responderse de inmediato.

Es innegable que la responsabilidad social debe ser una prioridad para las empresas y los proveedores de cualquier producto o servicio, deben ser conscientes del potencial efecto negativo que el uso de los mismos pueda causar en los consumidores, pero parece exagerado poner a Apple o a Samsung en la misma categoría que las empresas que comercializan cigarrillos. La potencial adicción a los dispositivos móviles no debería ser responsabilidad de los fabricantes, sino más bien de los padres que cuentan con múltiples formas de llevar un control estricto y de llegar a acuerdos para su uso responsable y de cada uno de nosotros los usuarios que debemos ser disciplinados en su uso.

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