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Analistas 06/06/2025

Yo lápiz: la arrogancia del poder

Javier Tovar Márquez
Profesor Inalde Business School

En 1958 Leonard Read escribió un ensayo aparentemente simple sobre un lápiz que hablaba en primera persona. 67 años después, mientras observamos a gobiernos progresistas de América Latina nacionalizar empresas y “democratizar” sectores enteros de la economía, vale la pena recordar la lección fundamental de aquel lápiz: nadie posee todo el conocimiento necesario para fabricar algo tan simple como un lápiz desde cero.

El lápiz de Read no era modesto por falsa humildad. Era honesto sobre una verdad incómoda: su existencia dependía de una red global tan compleja que ningún planificador central podría replicarla. La madera venía de California, el grafito de Sri Lanka, el metal de la banda de zinc provenía de Rusia, el caucho del borrador de Malasia. Miles de personas participaban en su creación sin conocerse entre sí, coordinadas no por un comité central sino por el sistema de precios.

Pero los políticos de la región sufren de lo que Friedrich Hayek llamó “la pretensión del conocimiento”. En Bolivia van 15 empresas nacionalizadas que, sumadas a otras decisiones políticas, han generado consecuencias jamás vividas para su economía. En Venezuela, la estatización del sector petrolero y otros sectores estratégicos ha llevado a una crisis humanitaria. En otros países, consultas populares y reformas impuestas a la fuerza han generado la aparición del caos.

La ironía es reveladora. Los mismos líderes que prometen justicia social y redistribución de la riqueza terminan empobreciendo a quienes dicen defender. Los gobiernos de la región cometen el error fundamental de creer que burócratas en oficinas gubernamentales pueden coordinar mejor la producción que millones de consumidores y productores actuando libremente. Hablan de “democratizar” sectores enteros de la economía, pero centralizan decisiones que antes tomaban miles de actores económicos con información específica y local.

El lápiz de Read se reiría de este enfoque. Su mensaje era claro: la coordinación económica exitosa emerge de la interacción voluntaria entre individuos que persiguen sus propios intereses, no de las decisiones políticas que creen tener una visión superior del bien común. Cada vez que un gobierno nacionaliza una empresa o impone controles de precios, está apostando a que sabe más sobre la economía que el propio mercado.

La tentación del control es especialmente fuerte en América Latina, donde la retórica de la justicia social y la lucha contra la desigualdad justifica cualquier intervención estatal. Pero los resultados hablan por sí solos: países que han seguido este camino muestran mayor pobreza, menor crecimiento económico y mayor desigualdad que aquellos que han respetado los mecanismos de mercado.

La economía no es un problema que resolver sino un orden que respetar. Y ese orden, por imperfecto que sea, funciona mejor cuando los políticos resisten la tentación de mejorarlo con sus golpes de martillo. La verdadera sabiduría está en reconocer que los mejores resultados provienen cuando se respetan los incentivos naturales del mercado y cuando se trabaja por construir incentivos modernos que generen crecimiento, además de bienestar, y no cuando se pretende reemplazarlos con la planificación central, que además de desordenada está directamente relacionada con la corrupción y el clientelismo. No siempre basta con tener buenas intenciones.

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