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Analistas 03/03/2022

Degradación ética de "nuevo" periodismo

Jaime Alberto Leal Afanador
Rector de la Unad

El mal uso de las redes sociales y los desarrollos digitales tienen contra la pared a los medios de comunicación y, sobre todo, a sus actores clave: los periodistas.

Ahora la mayoría de noticias se dan en tiempo real, y casi que cualquier persona, con un celular, pasa a ser “periodista” y puede alcanzar un minuto de fama por reproducir un video, denunciar algo o hacer viral un comentario.

En su afán de diferenciarse, llegar primero, ser creativos y aumentar seguidores, muchos periodistas caen en la “trampa” de desorientar en vez informar a la opinión pública, olvidando principios básicos y éticos del periodismo.

Además de usar también las cuestionables prácticas de los mal llamados “influencers” (personas, muchas veces con bajos niveles de formación, amigas del escándalo, grosería y mal gusto, con miles y hasta millones de seguidores), de políticos que difaman, crean dudas e insultan, y de quienes patrocinan el morbo con imágenes y videos que explotan la sexualidad llevada al porno, el sufrimiento de la violencia y la tortura, y el escándalo, muchos periodistas, columnistas y autodenominados creadores de contenido, se preocupan más en posicionar como tendencia sus trinos e informes y ganar seguidores, que en comunicar la Verdad, con mayúscula.

Bases del periodismo como contextualizar, investigar y entender hechos, informando de forma directa y concreta, parecen estar cayendo en desuso.

Muchos periodistas se han vuelto vedetes. El análisis pasa a segundo plano. No importa el qué sino el quién lo dice, así este “reconocido(a) periodista” (y aquí se cuentan hasta ganador(a)s de premios nacionales de la actividad) muestre una pobre investigación, descontextualizada, ignoren adrede la normatividad, las lógicas gremiales, y no entiendan o quieran entender el trasfondo de informes, documentos técnicos y análisis de expertos. Estas se vuelven tareas complicadas e innecesarias para quienes solo buscan figurar como “héroes” por unos minutos, horas como máximo, para marcar su “tendencia en redes”.

Y se vuelven en la antítesis del periodismo. Se ponen en medio de las historias. Pasan de informar a opinar. Asumen posición y con ello presentan verdades a medias y sin fundamento.

El periodismo riguroso cedió paso a los trinos de otros, a replicar acusaciones sin fundamento, a hacer preguntas capciosas y a preocuparse más por las formas que por el fondo. Han optado por replicar las mismas cuestionables prácticas de pseudo-periodistas e influencers (periodismo de teclado y pantalla, fácil, rápido, sencillo, con contenidos de otros y desde la comodidad de la casa).

Es un periodismo degradado, que poco o nada aporta para comprender los fenómenos sociales, aprender las lógicas, actores y finalidades de las instituciones, ponderar el protagonismo de líderes de opinión y orientar responsablemente a los lectores para analizar contenidos.

El periodismo debe defender a la sociedad de montajes y mentiras de quienes detentan el poder o están detrás de éste, pero los periodistas no pueden aprovechar su nombre, medio o número de seguidores, para arrastrar con la verdad, la dignidad, la seguridad y los proyectos personales y profesionales de quienes cuestionan, sin el decoro profesional de rectificar y reconocer errores.

Requerimos periodistas que recuerden que no siempre lo popular y el consenso de la opinión pública es lo verdadero, que replicar versiones sin fundamento es irresponsable, y que actuar como observador y no como protagonista de los hechos es la esencia de su labor. De lo contrario, son una nueva farándula.

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