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Analistas 10/04/2021

El negacionismo

Sin duda, es otra de las palabras que se han puesto de moda en los últimos meses y no me quiero referir única y exclusivamente a los muchos “iluminados” que cada cierto tiempo aparecían y todavía siguen apareciendo en determinados medios de comunicación sensacionalistas hablando de conspiraciones lideradas por grupos políticos y económicos supranacionales, intereses ocultos, fuerzas paranormales, en relación con las razones de la aparición de esta pandemia, sus “exagerados” efectos perniciosos o la imprudencia de vacunarse tan rápidamente.

Efectivamente, a ellos se les han denominado “negacionistas”, aunque a mí me gustaría llamarles de una manera menos eufemística y más explícita relacionada con su más que dudosa capacidad cerebral. Aunque solo fuera por el número de personas que se están viendo afectadas por el virus, lo que deberían hacer es callarse y respetar el grado de responsabilidad, mayor o no tanto, pero responsabilidad, al fin y al cabo, asumido por el resto de los mortales. No es el momento de buscar protagonismo vacuo y sembrar temores adicionales que impacten en la ya maltrecha moral que tenemos tras el año largo de sinsabores .

Sin embargo, a estos personajes no les quiero dar mayor protagonismo del que ya ellos quieren conseguir o que terceros se encargan de dar. En este caso, cuando hablo de “negacionismo”, quiero hacer referencia a una moda que durante mucho tiempo estaba implantada en ciertos dirigentes políticos y que ahora, al menos en nuestro país, es algo innato de la citada clase política y lo que es más grave, de la ciudadanía en general.

No importa lo que digan unos u otros, las soluciones que se aporten para resolver un problema, las iniciativas más o menos estudiadas que se planteen: el nivel de sectarismo y de confrontación es tal que, sin acabar de asimilarlas y de analizarlas en profundidad, los “oponentes” se encargan de cuestionarlas, ridiculizarlas y vilipendiarlas.

Da igual el contenido del que se hable. Basta con que las haya dicho un rival, término tan manido usado por los políticos y que ya expresa un sentido de batalla y de que habrá “vencedor vs vencido”, para oponerse radicalmente, aunque en muchos casos en su fuero interno pudieran estar de acuerdo con lo expuesto.

El enconamiento es tal que, ni en una situación tan grave como la que estamos viviendo, de hecho la más grave desde la Segunda Guerra Mundial, son capaces de dar por bueno lo que propone o hace el que está enfrente. Y claro, esto tiene un efecto multiplicador entre el resto de los ciudadanos, los cuales por una mezcla de desesperación ante el momento demoniaco y distópico de estos últimos meses y de cuestionar todo lo que se decide, se encargan de llevar su ira a las conversaciones de café, con distancia social por supuesto o a los grupos de Whatsapp.

Primero pasó con el encierro y otras recomendaciones para evitar la transmisión de los contagios, como por ejemplo el uso de las mascarillas o de guantes; más adelante, con la apertura o cierre de las fronteras que generó hasta niveles de “xenofobia vírica”, pasando por desdeñar el daño real que producía el virus en términos relativos, comparado con una gripe o si se ponía en marcha un pasaporte sanitario por la posible violación de la privacidad de las personas; y ahora, le llega el turno a las vacunas.

En el verano pasado, todos estábamos deseosos de tener lo antes posible un remedio que nos inmunizara al ser el medio más eficiente para acabar con el contagio y ahora resulta que, una vez que se ha logrado en un tiempo récord y gracias al trabajo de las empresas farmacéuticas con apoyo gubernamental en muchos casos, ponemos “peros” y o no queremos vacunarnos, porque las vacunas no son fiables (la xenofobia vírica de la que hablaba antes, ahora pasa a ser “xenofobia vacunal” o incluso se empieza a hablar de “vacunación geopolítica” dependiendo del lugar de donde vienen las vacunas) o sólo queremos que nos pongan una en concreto: la que aparentemente pueda tener menos efectos adversos. Y, por supuesto, sigue presente el hastío y el enfado cuando se refuerzan las medidas de confinamiento o para impedir o reducir la movilidad ante el aumento de los contagios.

Yo lo llamo “contradicción con piernas”. Así somos los humanos.
¿Alguien se ha parado a pensar el porcentaje de personas que han sufrido un trombo con la vacuna de AZ respecto al número de vacunados en todo el mundo? Por favor, os pido que lo hagáis. ¿Alguien ha leído las contraindicaciones que aparece en el prospecto de un medicamento tan común como la aspirina? Quizás merece la pena que lo miréis. Ni que decir tiene si en lugar de una aspirina viéramos las contraindicaciones de cualquier otro fármaco o vacuna

En una pandemia, como en casi todas las cosas de la vida, no hay una solución binaria posible y 100% óptima; blanco o negro. Hay que tomar decisiones siempre con un cierto nivel de incertidumbre, calibrando lo que ganamos tomando un determinado camino versus al riesgo que asumimos al tomarlo.

Con las vacunas es igual, ¿preferimos poner problemas a las que están en el mercado y que han sido “aprobadas” por organismos de máxima reputación internacional, tras cientos de miles de estudios y pruebas de científicos que por lo general saben de ese tema mucho más que el resto de los mortales o nos refugiamos en un negacionismo maniqueo sin aportar otra posible salida al problema?

Veamos el vaso medio lleno, algo que es una cualidad de muchos países especialmente latinoamericanos y no nos dejemos llevar por el camino al que nos abocan nuestros políticos en su afán absurdo de diferenciarse porque es lo que genera simpatía entre sus presumibles votantes.

¡Ánimo y a vacunarse!