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¿El remedio peor que la enfermedad?

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Una de las grandes preocupaciones de la edad moderna es la tendencia a la obesidad asociada al exceso de consumo de calorías y al sedentarismo y falta de ejercicio de la mayor parte de la población. Esto deteriora la calidad de vida de las personas y eleva los costos para los sistemas de salud. Algunos proponen poner impuestos a las bebidas azucaradas y en algunos casos a todos los productos que contengan azúcar. 

Esta propuesta ha tenido eco en nuestro Ministerio de Salud y el ministro Gaviria ha abanderado la idea. La Cámara de Industrias de Bebidas de la Andi  me contrató para analizar la experiencia internacional con este tipo de gravámenes y evaluara su posible impacto en Colombia. Los principales resultados los resumo aquí.

En todos los países donde se ha adoptado un impuesto similar al propuesto para Colombia no hay evidencia de que la medida genere  una reducción en el consumo de calorías y mucho menos una disminución en los índices de obesidad. Por el contrario, se encuentra que mientras no haya otras modificaciones en los patrones de consumo de alimentos y bebidas las personas siguen demandando un mismo número de calorías diarias sin importar cuál sea su fuente. Es decir, las personas reemplazan las calorías que le aportarían las bebidas por otros alimentos. Por ello en los países más ricos hay mucha inelasticidad de la demanda al precio y en los más pobres se sustituye hacia productos de menor calidad pero igual número de calorías o se dejan de adquirir otros productos de la canasta familiar.

El caso de México que hace más de un año impuso este impuesto a casi todos los productos con azúcar es ilustrativo. En el mejor de los casos la ingesta diaria de calorías cayó en cinco calorías (insignificante) y para mantener este consumo las familias redujeron otras compras como los artículos de aseo. En nuestro estudio mostramos que las personas sustituirían la mitad de la reducción de consumo de gaseosas por otras bebidas con igual número de calorías como la cerveza.  

Otro problema que tiene la propuesta del Ministerio de Salud es el de la equidad. Quienes más consumen las bebidas con azúcar son los estratos de ingresos más bajos de la población. Así mismo las pequeñas tiendas derivan el 33% de sus utilidades de las ventas de gaseosa. Este tipo de medidas facilitan que productos de más baja calidad e igual número de calorías reemplacen a las actuales en esos segmentos del mercado y afectaría severamente las finanzas de los tenderos. 

Unos afirman que esto es como el impuesto a los cigarrillos. Esta comparación es infortunada pues los que fuman están generando un problema de salud pública, mientras que en el caso de las gaseosas el 80% de quienes lo consumen no tiene ningún problema de obesidad. Son personas que consumen una o dos gaseosas al día que no les aporta más de 300 calorías de las 2.000 que diariamente debe consumir una persona normal. Estos consumidores estarían siendo gravados por un problema que no generan. 

De los estudios revisados es claro que el impuesto a las bebidas no soluciona el problema planteado por el Ministerio de Salud. Hay quienes dicen que eso no importa, pues lo que requieren es recursos, y hablan de $1,5 billones. Yo creo que el fin no justifica los medios. La salud se debe financiar con recursos ordinarios del presupuesto nacional y no castigar la dinámica de un sector, afectando su reputación. Las soluciones facilistas siempre nos llevan a peores dificultades en el futuro. Este es el caso de esta propuesta. 

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