Antes del confinamiento tenía la costumbre de pasear por las hermosas calles de la Bogotá colonial y en una de esas caminatas sabatinas me encontré con una mujer venezolana instalada a pocos pasos del palacio de San Carlos vendiendo carteras trenzadas con billetes de quinientos bolívares, que equivalen a algo más de cinco pesos colombianos. Al preguntarle sobre la peculiar materia prima de su mercancía me respondió con tristeza, pero con una claridad asombrosa que el dinero venezolano vale más doblado y entramado que circulando.

A lo largo de la historia de la humanidad encontramos muchos ejemplos de devaluación de la moneda y uno de los más célebres sucedió en el último cuarto del siglo XVIII durante la guerra de independencia de las colonias norteamericanas. El conflicto bélico costaba mucho dinero y ninguno de los trece territorios contaba con los recursos necesarios para cubrirlo, de manera que decidieron poner en circulación un nuevo papel moneda, el continental, para financiar los costos de la confrontación. La emisión descontrolada del continental tuvo como consecuencia inmediata, igual que en la Venezuela de Maduro, la pérdida de su poder adquisitivo, que se desplomaba a la misma velocidad que la credibilidad de quien lo emitía. Para fortuna de la naciente nación, en su Constitución se incluyó la prohibición expresa a los Estados de acuñar moneda propia, como mecanismo de protección de la economía federal.

En épocas de incertidumbre como la que el mundo vive desde marzo de este insólito 2020, la pérdida de valor aparece como un fantasma que amenaza no solo a las economías sometidas al dictamen de las calificadoras de riesgo, sino a todos los aspectos de la actividad pública y privada. La percepción de valor de los gobernantes cae cuando las encuestas muestran que sus índices de favorabilidad disminuyen como consecuencia de las malas decisiones, de las mentiras, de la corrupción o del abuso del poder. También pierden valor las empresas cuando sus productos y servicios no satisfacen las expectativas y necesidades de sus clientes y consumidores, ya sea por sus precios excesivos o por no dedicarle suficientes esfuerzos y recursos a la innovación.

La temida pérdida de valor de las empresas guarda íntima relación con los comportamientos de todas las personas que intervienen en la actividad productiva y no puede desligarse de la cultura organizacional. Al contrario de los buenos líderes que imaginan el futuro y fomentan el rendimiento, avanzando así en la creación de valor, los dirigentes con adaptabilidad limitada, que no saben navegar en entornos ambiguos, que carecen de empatía, que se apropian de las ideas de los integrantes de sus equipos de trabajo, que no saben delegar o que no reconocen las contribuciones individuales, se convierten en demoledores de la cultura y en gestores de la desvalorización de sus negocios.

Pero no todo es responsabilidad de los directivos: los empleados también pueden ser causantes de la pérdida de valor de las organizaciones, cuando ellos mismos pierden valor al cuidar el puesto por encima de la carrera, al desconocer el compromiso indelegable que tienen sobre su propio desarrollo, al no mantenerse actualizados o al no asumir la tarea de adquirir nuevos conocimientos y habilidades que les permitan ser exitosos en un entorno laboral cada vez más complejo, cambiante y competitivo.

Las personas pierden valor cuando caen en la obsolescencia por acción o por omisión. Así pues, adquirir conciencia sobre la relevancia de crear y mantener el atractivo de nuestro propio talento a través de una marca personal sólida, es imperativo, prioritario e indelegable.