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Analistas 08/04/2021

La idiosincrasia no es un pretexto

Héctor Francisco Torres
Gerente General LHH

Copenhague, la capital danesa, es una ciudad milenaria que surgió de una modesta aldea de pescadores y que hoy se destaca como una de las capitales más desarrolladas de Escandinavia, con una infraestructura digna de admiración. En sus 88 kilómetros cuadrados de extensión alberga una población de apenas 800.000 personas (más o menos 10% de los habitantes de Bogotá, en una superficie equivalente a la sexta parte del área de la capital colombiana). En 2002 puso en funcionamiento su red de transporte público que hoy cuenta con cuatro líneas, 38 kilómetros de longitud y 39 estaciones -25 de ellas subterráneas- y que, a diferencia de nuestro Transmilenio, tiene una particularidad por ahora impensable en estas latitudes: no tiene una sola talanquera; las barreras para acceder al sistema no existen y, sin embargo, los “colados” no parecen ser un problema significativo, ni mucho menos una amenaza para la salud financiera del sistema.

Ante la pregunta obvia de por qué la gente paga, usa y cuida el Metro de Copenhague mientras que el Transmilenio bogotano es blanco de fraude, abuso y destrucción, sería fácil responder con las palabras del político tolimense Darío Echandía: “una cosa es Dinamarca y otra Cundinamarca”, pero la cuestión es mucho más profunda. No hemos conseguido instalar en nuestra sociedad una cultura en la que predomine el interés colectivo sobre el individual, lo correcto sobre lo conveniente, o la observancia de la ley sobre el aprovechamiento de la ocasión. En últimas, hemos aceptado vivir en una sociedad dominada por los interesados, calculadores, oportunistas, codiciosos y ventajistas y, peor aún, los hemos elevado a la categoría de modelos de comportamiento.

La causa de esta cultura abominable suele achacársele a nuestra idiosincrasia, pasando por alto que son las acciones diarias de los individuos las que moldean el carácter de un conglomerado social. Esta desacertada justificación, además de desconocer la responsabilidad de todos los ciudadanos en el progreso colectivo, origina una avalancha de creatividad defensiva que dificulta casi todos los aspectos de nuestra cotidianidad. No sería necesario estampar la huella del índice derecho ni fotocopiar la cédula a 150% si no existieran los avispados que usurpan derechos ajenos; tampoco haría falta instalar cámaras en todos los semáforos si las personas respetaran las normas de tránsito. Es un repulsivo caldo de cultivo en el que florecen la burocracia y su hermana siamesa, la corrupción.

¿Cuántos recursos públicos se esfuman por la inoperancia de las entidades del Estado o la deshonestidad de sus funcionarios? ¿cuántos procedimientos complejos, redundantes y costosos deben implementar las empresas para operar en ambientes adversos e incluso hostiles? ¿Cuánto tiempo pierden los ciudadanos por culpa de esa manía extendida de obstaculizarlo todo? Estos cuestionamientos que a menudo escuchamos y que resultan difíciles de responder no implican que estemos condenados a sobrevivir en esa especie de sopor causado por la desesperanza. Asumamos la responsabilidad de modificar comportamientos y actitudes individuales con el propósito de erradicar los vicios de nuestra idiosincrasia, para que deje de ser una trillada excusa y se convierta en la ventaja competitiva, apalancada en nuestra imaginación y creatividad, que tanto necesitamos. Así podremos eliminar las talanqueras.