Analistas 24/09/2020

La banalización de la mentira

El mes pasado se cumplieron 46 años de la alocución en la que Richard M. Nixon le anunció al mundo su decisión de apartarse de la presidencia de los Estados Unidos, convirtiéndose así en el único mandatario en toda la historia del poder ejecutivo norteamericano que ha renunciado a su dignidad. La decisión de “Tricky Dicky” (apelativo que Nixon se ganó en las elecciones al Senado de California en 1950 como consecuencia de la discordancia entre sus maniobras y los principios de la ética y la honestidad) tuvo su origen en una colección de mentiras que acabaron desatando el famoso escándalo de Watergate.

Siguiendo una similar línea de conducta, los discursos e intervenciones públicas de quien hoy ocupa la oficina oval se han caracterizado por la proliferación de tesis de dudosa veracidad que van desde inexactitudes menores, hasta mentiras descaradas, sin consecuencias visibles hasta ahora, a pesar de que, según el Washington Post, el número de afirmaciones falsas de Donald Trump, contado desde cuando asumió el cargo en enero de 2017, es superior a 20.000. El presidente candidato le entrega al planeta una dosis de 23 mentiras diarias, y aun así goza de una favorabilidad cercana a 45%.

¿Por qué Donald Trump mantiene tales índices de popularidad a pesar de su comprobada mendacidad? Quizá encontremos la respuesta en la banalización de la mentira. Es posible que como sociedad hayamos empezado a restarle trascendencia al engaño, creyendo de manera equivocada que es trivial e inofensivo; o que justifiquemos la ausencia de veracidad como si fuera un subproducto válido de la libertad de expresión, en un entorno donde las redes sociales han jugado un papel protagónico en la metamorfosis de las falacias en axiomas, al ser cómplices pasivas de los embusteros que se atrincheran tras ellas.

La mentira contamina con igual facilidad a gobernantes, políticos, y ciudadanos del común. En el ámbito empresarial, el ocultamiento de información, las verdades a medias o las falsedades disfrazadas y declaradas abiertamente pueden llevar a las organizaciones a la bancarrota, como sucedió con Enron en el año 2001 en un lamentable episodio que también arrastró a Arthur Andersen -una de las cinco firmas de auditoría más grandes del mundo- hacia su disolución. Aunque en la mayoría de los casos las consecuencias de la mentira no son tan extremas como lo fueron para estas dos sociedades, en nuestra cotidianidad vemos y oímos como las patrañas llegan a afectar los resultados financieros de las empresas y a menoscabar su imagen pública, su credibilidad, su reputación, el clima organizacional y la motivación de su gente.

Aportemos nuestro grano de arena para detener la propagación de la mentira y su aceptación generalizada. Reivindiquemos la verdad y la información responsable como alternativas de convivencia y de consolidación de culturas empresariales robustas y menos vulnerables. Si ocupamos cargos de liderazgo, entreguemos la información de manera veraz, transparente y sin ambages. Si formamos parte de un equipo de trabajo, cuestionemos la credibilidad de las afirmaciones dudosas, pongamos nuestros principios por encima de las instrucciones falaces y tengamos presente que solo se persuade con la verdad, pues la mentira siempre tiene un trasfondo de manipulación.

“Si no es correcto, no lo hagas; si no es cierto, no lo digas; provenga de ti este impulso”, escribió el emperador Marco Aurelio en sus Meditaciones. Vale la pena recordar y poner en práctica esta enseñanza que no pierde valor ni actualidad a pesar de tener más de mil ochocientos años de existencia.