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Analistas 01/06/2021

Diferencias inventadas

Héctor Francisco Torres
Gerente General LHH

Desde tiempos inmemorables, los seres humanos nos hemos agrupado en hordas, tribus y naciones, con el propósito de diferenciarnos de los demás. Nuestro afán de singularización trae consecuencias valiosas como la identidad grupal, la cultura distintiva y la unidad de propósito en cada comunidad, aunque también tiene enormes defectos, como la exclusión y la discriminación, que han demostrado ser perniciosas para los habitantes de esta esfera única e indivisible que compartimos con otras especies y riquezas naturales. Las fronteras geopolíticas artificiales que trazamos para satisfacer el apetito de conquista, los visados que implementamos para limitar la libertad de locomoción con el pretexto de proteger nuestro territorio, las diásporas que ocasionamos y las innumerables guerras y revoluciones que hemos propiciado a lo largo de la historia, casi siempre han intentado justificarse con una variada colección de teorías de preeminencia carentes de todo sustento.

Las absurdas creencias de superioridad que ciertos contingentes humanos han desarrollado y adoptado con brío mueven a sus seguidores a poner en práctica un nutrido repertorio de comportamientos excluyentes, cayendo con frecuencia en el ejercicio estéril de insistir en la conversión de sus contradictores y abonando el terreno donde germinan el racismo, el clasismo, el machismo y una larga lista de vicios con los que se pretende defender las posiciones de cada clan, cuyos miembros, además, suelen proclamarse como los únicos depositarios de la verdad. Han llegado, en distintas épocas y circunstancias históricas, al extremo de considerar las opiniones divergentes como afrentas que justifican la violencia, el sometimiento e incluso el exterminio de quienes no caben en su visión restringida del universo.

La diversidad de los individuos de nuestra especie es una realidad incontrovertible que debería llevarnos a aceptar la imposibilidad sociológica, biológica y sicológica de vivir en un mundo uniforme y uniformado como algunos lo pretenden. El gran desafío consiste en movilizarnos hacia la convivencia inclusiva y aprovechar sus sorprendentes resultados, como lo fue, para citar solo un ejemplo, el florecimiento de Al Ándalus que se produjo gracias a la comunidad productiva de cristianos, judíos y musulmanes en la misma época en que la mayor parte de los habitantes de Europa estaban sumidos en la pobreza, la enfermedad y la ignorancia.

Si bien es claro que la inclusión trae resultados beneficiosos en las interacciones sociales, no es menos cierto que esos mismos comportamientos producen atractivos dividendos en las organizaciones. Según lo menciona el estudio ‘The Business Case for More Diversity’, publicado por el Wall Street Journal, las empresas que lideran el ranking de cultura diversa e inclusiva consiguen resultados operacionales más robustos y sus acciones tienen mejor desempeño en el mercado bursátil.

Vivimos jornadas de ánimos exacerbados en los que la intolerancia parece apoderarse de la mente de las personas obnubilando su raciocinio. Para dejar atrás las diferencias inventadas, resulta aconsejable reconocer el impacto positivo que trae consigo la inclusión y recordar las enseñanzas aristotélicas sobre el justo medio que nos abre las puertas para adoptar esa equidistancia que, en Colombia, tierra de excluyentes consuetudinarios, hemos bautizado de manera distorsionada y peyorativa como tibieza.