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Tiempos nuevos

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Gustavo Moreno Montalvo Consultor independiente

La ciencia y la tecnología, aprovechadas por el capital, han transformado el planeta. En los últimos dos siglos la población humana se multiplicó por diez. Además, en el último siglo aumentó su consumo de energía en forma irresponsable mediante la combustión de fósiles, con consecuencias nocivas para la vida en general porque el dióxido de carbono resultante se acumula en la atmósfera y perturba la disipación del calor hacia exterior. El panel intergubernamental sobre cambio climático produce informes cada vez más alarmantes. Abordar el asunto requiere cambios en la forma de vida de todos los humanos, pero impulsarlo corresponde a gobiernos renuentes a medidas impopulares. El asunto ambiental, determinante para la vida de la especie, requiere tarea educativa y restricciones. Entre más se demore el cambio necesario, más dolorosas serán las medidas.

La humanidad ha logrado bienestar sin precedentes, pero en el último medio siglo ha aumentado la desigualdad en el ingreso y han aflorado transformaciones tecnológicas que permiten reemplazar la mano de obra con máquinas capaces de pensar: ellas se pueden programar para descifrar patrones e inferir reglas con más eficacia que los humanos. El asunto obliga a educación permanente, replanteamiento de ordenamientos productivos y ajustes continuos en la organización de la especie en un contexto complejo, porque la ciencia extiende la vida sin prolongar la fase productiva, lo cual atenta contra la viabilidad económica del modelo establecido para administrar la relación entre capital y trabajo.

Hoy no se administra bien desde lo público la restricción ambiental, las consecuencias de la automatización o el problema de financiar la vejez extendida, ni siquiera en los países desarrollados. Además la democracia está permeada por intereses personales en conflicto con los de la comunidad. Es preciso reconocer que las instituciones no funcionan en forma satisfactoria. Urgen reformas en el procedimiento para definir autonomías, organizar procesos básicos, instaurar mecanismos de control eficaces y poner límite a desmedidas ambiciones individuales que pueden desatar desastres.

La existencia de armas de destrucción total, la crisis de instituciones con propósito de cultivo de normas morales de universal aceptación y la erosión de la relación estable entre personas y territorios hacen aún más compleja la tarea de reorganizar el mundo, pero es preciso enfrentarla. Se debe reconocer que la democracia está en crisis en todas partes, y hay que resucitarla con diseños adecuados, que aseguren usos eficientes de recursos escasos, respeto por reglas éticas que hacen más difícil pero también más satisfactoria la tarea, linderos que correspondan a realidades relevantes y mecanismos ordenados de comunicación con alcance global. No se puede sacrificar el principio de que lo público es de todos, porque hacerlo puede ser el camino a tiranías sin precedentes, con respaldos tecnológicos que pueden ser muy peligrosos.

Habrá que convivir con sicópatas, sociópatas y narcisistas cuyas obsesiones dan ventajas en el concurso electoral y son lesivas si acceden a las responsabilidades máximas. Por ello convendrá entregar el papel central de la gestión a organismos colegiados, modalidad inusual en las cúpulas de lo público, cuya historia ha otorgado papel simbólico a individuos. El sector privado aprendió esta lección hace tiempo.

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