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Analistas 27/02/2021

Sesgos, realidades y retos

Gustavo Moreno Montalvo
Consultor independiente

Economía y sociedad del mundo se han integrado en forma creciente desde la posguerra. En las últimas décadas internet ha derrumbado barreras. Sin embargo, la economía mundial no ha aprovechado las posibilidades evidentes. Ha aumentado la desigualdad en la distribución del ingreso global, así el crecimiento en el ingreso per cápita de China, cuya población suma un quinto del total y era muy pobre hace cuatro décadas, impacta las cifras agregadas. El traslado de tareas intensivas en mano de obra al tercer mundo y las nuevas tecnologías amenazan el valor del trabajo.

Además la conducta de actores individuales en el escenario planetario han alimentado desconfianza: hay censura a George Soros por haber aprovechado circunstancias propicias para lograr ganancias a expensas del Bank of England; hay preguntas por la importante participación de la Fundación de los Gates en la financiación de la Organización Mundial de la Salud, pues puede permitir al sector privado incidir en políticas públicas en materia sanitaria con sesgos; hay rechazo a redes informales de las élites del poder económico e institucional. Muchos medios de comunicación tradicionales pasan dificultades, y las redes sociales son fuente desordenada de información. Las grandes ciberempresas procesan la información que fluye por sus canales y amenazan los derechos a la intimidad y al libre desarrollo de la personalidad.

Las definiciones sobre orden mundial no han evolucionado desde 1945. En contraste, la población y el número de países vinculados a la Organización de Naciones Unidas se han cuadruplicado. Las instituciones de Bretton Woods (1944) perdieron importancia con el abandono del patrón oro y la liberación de las tasas de cambio. Los desequilibrios de cuenta corriente se compensan con flujos de capitales, en parte inducidos por motivaciones políticas, con consecuencias complejas para la competitividad de comunidades.

La proporción letrada de la población ha crecido de manera notable, y la expectativa de vida se ha extendido mucho más que la vida laboral, lo cual obliga a elevar el ahorro y su remuneración, y a aumentar la inversión en bienes de capital. Sin embargo, las coyunturas de contracción hace poco más de una década por cuenta de la banca internacional y ahora por la ineficacia para mitigar el impacto de una epidemia, han obligado a practicar la laxitud monetaria, con consecuencias complejas para ahorradores a tasa fija.

Es preciso enfrentar la realidad: se necesitan nuevas instituciones públicas en todos los órdenes. Las globales deben tener capacidad de sanción efectiva y mitigación de riesgos sin poner en peligro libertades fundamentales. Las nacionales se deben revisar: la autoridad en cabeza de una persona es inconveniente, pues la dimensión simbólica del liderazgo se debe despersonalizar y más bien institucionalizar. Las estrategias de desarrollo social y económico deben ser de cada polis. Los países deben prestar servicios a sus regiones en materia legal, judicial, monetaria y fiscal, y facilitar la provisión de infraestructura. Debe haber integraciones de países. Ignorar los retos puede tener consecuencias ambientales catastróficas, guerras de destrucción total, o la crisis de la democracia y las libertades. Nada de eso es deseable. Se requiere regular para evitar abusos y promover prosperidad. Lo público debe estar a la altura de las circunstancias.