sábado, 4 de julio de 2020

Más columnas de este autor Gustavo Moreno Montalvo - gustavomorenom@gmail.com

El petróleo es resultado de la fosilización de organismos muertos hace millones de años, en general, plantas y animales marinos. Es fuente de combustibles y lubricantes diversos. Estos derivados se obtienen mediante destilación en refinerías diseñadas según las especificaciones del crudo a procesar. Hay un rango amplio de densidades; así, el de Venezuela, el país con mayores reservas del mundo, es pesado, en tanto que el de Arabia es liviano.

Los crudos más livianos tienen precio más elevado en los mercados internacionales; los pesados requieren refinerías muy especializadas. Estados Unidos tiene grandes reservas de shale oil, o esquisto extraído de rocas, cuyo costo es quizá el más elevado del mercado, alrededor de US$45 por barril de petróleo crudo. Por consiguiente, esa cifra sería una buena aproximación al precio de largo plazo con los consumos actuales si no existiera la Organización de Países Exportadores de Petróleo, cartel de difícil defensa.

El petróleo fue clave en el siglo XX: los vehículos se diseñaron para consumir sus derivados. La gasolina, el aceite pesado usado en motores diésel, y la gasolina de avión tienen precios de mercado bajos en relación con el costo ambiental que resulta de su uso, aunque en Europa tienen impuestos indirectos importantes. Hoy los productos derivados del petróleo se usan para calentar en invierno, como combustible en usos industriales y en transporte, y una proporción pequeña como lubricantes.

Hoy se consumen 100 millones de barriles por día en condiciones normales, con severa emisión de dióxido de carbono, gas que reduce la disipación de calor fuera de la atmósfera terrestre e induce calentamiento en la superficie terrestre.

La temperatura actual es la más alta desde el comienzo de la vida humana, y ha aumentado de manera sostenida en los últimos dos siglos. El reto ambiental es inmenso: aunque a tasas mucho más modestas que las del siglo pasado, la población mundial todavía crece, y el consumo per cápita de combustibles fósiles también, como consecuencia de avances en el ingreso.

Como es de suponer, los países ricos consumen mucho más petróleo per cápita que los pobres. Estados Unidos y Canadá consumen aproximadamente un galón por persona por día, seguidos por los grandes productores de elevado ingreso per cápita. Para reducir la tasa de aumento en la proporción de dióxido de carbono, hoy superior a 400 partes por millón de la atmósfera (ppm), de forma que se estabilice alrededor de 500 ppm en tres décadas, para un aumento de temperatura promedio de dos grados centígrados frente a la prevalente antes de la revolución industrial, es preciso modificar patrones de conducta.

Se requiere mayor densidad en los asentamientos urbanos, mejores sistemas de transporte masivo, sustitución de combustibles vehiculares por electricidad e hidrógeno, más eficacia para aprovechar energía eólica y solar y, en especial, más racionalidad en los usos con el apoyo de impuestos elevados al consumo.

Las oportunidades para rediseñar ámbitos y prácticas cotidianas, con mejor calidad de vida y menos contaminación, implicaría esfuerzo; en contraste, los beneficios serían en el largo plazo. Por ende, los líderes políticos del mundo no tienen la motivación necesaria para impulsar cambios que no traen votos hoy. Esta situación hará más dolorosas las consecuencias de dilatar las decisiones.