En los años 70 del siglo pasado, con el colapso de las tasas de cambio fijas, la orientación al control de la oferta monetaria para conciliar inflación y crecimiento se estableció como preocupación central de la economía en los países desarrollados, bajo la inspiración de M. Friedman; se partía de que las expectativas de los agentes en la economía se adaptan a entornos cambiantes según las señales que reciban.

Entre tanto, los embargos petroleros y el costo marginal creciente del crudo impulsaron la redistribución del ingreso en favor de los países productores del oro negro, cuyos recursos excedentarios, canalizados por la banca comercial hacia países en desarrollo, desataron la crisis de la deuda de los 80 en el tercer mundo porque las divisas en manos de los gobiernos no impulsaron la productividad, mientras en Estados Unidos, gran importador de petróleo, se conjugaron inflación y estancamiento.

Por esa época se entronizó la premisa, formulada por R. Lucas, de que las expectativas de los actores en condiciones normales son racionales, y que los mercados ajustan los valores de los activos de manera ordenada, consistente con la información disponible. La premisa ha sido socavada con contundencia por la realidad; hoy se sabe que la humanidad es irracional pero predecible y manipulable, y la economía ha vuelto a meditar sobre formación de mercados, decisiones de las personas y sus móviles. Incluso, se han abierto espacios para experimentos sobre conducta en determinados contextos, al igual que para invertir en evaluaciones controladas aleatorias.

Los avances son interesantes, pero el entendimiento de la especie y sus motivaciones es aún precario y los interrogantes sobre el alcance de trabajo empírico en las ciencias sociales son enormes, pues el blanco está en movimiento continuo.

A raíz de la crisis de la deuda las economías abrieron fronteras, pero los resultados en crecimiento y desigualdad no fueron satisfactorios. En contraste, los procesos de integración de la sociedad mundial, con apoyo en creciente eficiencia del comercio intercontinental, el libre flujo de capitales y transformaciones tecnológicas sin precedentes, cambiaron los valores prevalentes: en Occidente se consolidó la secularización, en tanto que en los países islámicos se estableció la interpretación confrontativa del Corán, quizá como consecuencia de contrastes en nivel de vida; la costa este de China se modernizó bajo el esquema político heredado de la revolución comunista, con partido único de gobierno; África Subsahariana no encontró sendero para integrarse, pero muchas personas de la región emigraron a Occidente, donde su precaria circunstancia es motivo de fisuras sociales.

La cúpula de la sociedad disfruta refinamientos antes impensables en consumo, pero la base de la pirámide, hoy letrada, tiene a la vez incertidumbres sin precedentes y referentes amplios. Suprimir la cima no es cerrar brechas; es más constructivo mejorar las circunstancias en la base y promover oportunidades.

El mundo necesita políticas públicas adecuadas, coherentes con los propósitos de las instituciones. Es preciso abordar las amenazas ambientales, militares y tecnológicas, y las fracturas sociales. El reto de la economía es proponer qué hacer, cómo y para quién. El corpus de la profesión puede facilitar el aprovechamiento de oportunidades. La responsabilidad es enorme.