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Colombia sostenible

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Guillermo Cáez Gómez Socio en Cáez Muñoz Mejía Abogados

Hace muchos años hemos venido oyendo sobre la necesidad de reformular la forma en que nos relacionamos con el mundo, nuestros hábitos de consumo y de vida, pero hemos hecho oídos sordos a este llamado. Muchos han querido abanderar la implementación de soluciones para que Colombia haga una transición en la generación de energía, pero pocos le han apostado con estricto rigor a la generación de valor en los proyectos de energías renovables en el país.

Desde esta columna he denunciado casos en las que algunas empresas buscan con sus actividades afectar el medio ambiente y no aportar positivamente a la comunidad en el área de influencia de sus proyectos.

De la misma manera que he sido vehemente en estas ocasiones, hoy es un momento propicio -en medio de la pandemia, cuando pareciera que no hay esperanza y nos inundamos de malas noticias- para llevar un mensaje de esperanza, a fin de que luego de la crisis podamos seguir apostando por proyectos positivos, que le dan valor a la iniciativa privada y le dejan al país ese valor agregado en la forma de desarrollar proyectos productivos pero con alto impacto en el mejoramiento de la calidad de vida de sus regiones de influencia.

Siempre hemos sabido del potencial de La Guajira como eje para la producción de energía de forma alternativa y sostenible, pero muy pocos se le midieron a adentrarse y entender la compleja estructura sociopolítica de la comunidad wayuu, y tampoco involucraron decididamente a la comunidad en sus proyectos, pues en algunas ocasiones la visión empresarial solo genera beneficio para uno solo de los extremos.

Este no es el caso del proyecto eólico Jemeiwaa Kai, que desde hace diez años lleva estudiando cuidadosamente a la comunidad, comunicándose con ellos, tejiendo lazos de confianza y haciéndolos no solo beneficiarios sino aliados sin riesgo, dentro del que con seguridad es el proyecto de producción de energía más importante que hay en toda la región.

Dentro de las mentas en el curso del proyecto, AES Colombia, empresa que lo desarrolla, busca no solo dejar la herencia de las regalías: su propósito (y diría que hasta obsesión) es darle herramientas a la comunidad wayuu para reducir las cifras de falta de acceso al servicio público de agua y educación, y para la generación de proyectos productivos acordes con su cultura y costumbres, sin pretender cambiar los hábitos de la comunidad.

Ante el cambio de mentalidad al que nos debe llevar la crisis de la pandemia del Covid-19, se destaca este proyecto, no solo por lo obvio de la generación natural y sostenible de energía, sino por la humanización de las iniciativas. Que la mayor preocupación de una compañía desde una década sea pensar primero en el bienestar de la comunidad, antes de pasar por encima de ella con la maquinaria para buscar optimizar sus índices financieros, no solo es destacable sino que, sin duda, la hace merecedora de un impulso por parte del Gobierno, que deberá exigirles a futuros proyectos de esta u otra naturaleza el mismo rigor con el que esta compañía ha desarrollado el proyecto.

Desde esta columna y más en tiempos de crisis, buscaré destacar hechos positivos que nos ayuden a recuperar la esperanza y visibilizarlos para que sepamos que en algún lugar del país -sin ufanarse de ello- se desarrollan iniciativas que permitirán hacer realidad el sueño conjunto de tener una Colombia sostenible.

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