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Analistas 08/04/2021

Pienso, luego éxitos

Germán Eduardo Vargas
Catedrático/Columnista

Realizando Ejercicios Espirituales (EE) con la Javeriana, la semana de reflexión me permitió acompañar una crisis de gracia o «moción» profesional (fe, pasión y esperanza), que afecta especialmente a quienes ignoran o traicionan la esencia y trascendencia de su vocación: su «principio y fundamento».

Cegados por aprendizajes efímeros o impertinentes, no acceden procesualmente a la sabiduría de lo humilde, que les permitiría conocerse a sí mismos, evolucionar o renacer (Juan 3:1-10). En consecuencia, eligen ocupación basados en el rédito o la reputación: no la afinidad con sus propósitos y valores.

Ante la escasez (y desigualdad) de oportunidades, absorben ese vacío existencial que los condena al diario viacrucis de resucitar para levantarse a trabajar. A pesar de que no disfrutan el itinerario, por conveniencia o conformidad tampoco se disponen a cambiarlo, y renuncian a reencontrarse o explorar su potencial. Así, encasillados en ese «destino», pierden el «sentido» (note la «permutación»).

Dogma de carrera, parece sacrilegio dudar y hacer un constante «examen de conciencia», para renovar el compromiso adquirido o reconocer que sus circunstancias pueden alterarse en cualquier momento del ciclo vital. Sin embargo, algunos se atreven a descubrir aquello que les ofrecerá satisfacción, y les permitirá reconciliarse con su misión, porque no se resignan a actuar como impostores ante su auténtico Yo, que podría sacrificarse en vano.

Prisioneros de los prejuicios, ciertos gurúes creen que esa dinámica es diletante o errátil; igual, soslayan a los infaustos jubilados que experimentaron un infierno, aunque acataran sus designios y tuviesen éxito. Mediante guías presuntamente salvadoras, para crear y transitar la vida profesional, dichos inquisidores del dios mercado adoctrinan; así defraudan al «presupuesto» (EE, 22), y, coincidencia, a «22» (Soul, Pixar).

En mi caso, confieso ser tan ingenuo como idealista; he seguido la ética del bien común y la lógica de la acción colectiva, aunque la realidad organizacional sea un ejercicio de gestión de la mentira, el egoísmo y el disenso. Descreído, y reconociendo errores de cuya soberbia me arrepiento, perdono los sabotajes, la falta de reciprocidad o la incoherencia de los grupos de interés; además, lamento haber aceptado «trabajos ociosos», que tampoco fueron provechosos para la sociedad, aunque las apariencias sugirieran lo contrario.

Desvirtuados por la autocomplacencia, algunos disfrutan del confort o la prosperidad. No vale la pena reinventarse excusas sino replantearse, revitalizar o reencarnar a partir de la adopción de algún servicio que le permita hacer algo genuinamente bueno, sin pretender más riqueza que pobreza, ni honor que deshonor (EE 23).

Porque obsesionarse con la materialización de estas abstracciones, encriptadas como propósito y sentido, podría desconectarlo de la vida (Soul, 2020), contemple y reconozca la posibilidad de transformar la cotidianidad, mediante actos simples, empezando por rezar la ‘Oración por la Dignidad Humana’ (Pico della Mirandola) o meditar ‘Creo en el Ser Humano’ (García Roca).

Sea generoso, déjese sorprender y exprese gratitud. Además, evitando nutrir la «Cultura de los Descartes», sobre la cual reflexiona el Papa Francisco, no confunda «Pienso, Luego Existo» con su permutación, «Pienso, Luego Éxitos».