.
Analistas 23/01/2025

¿Estragos de la «envid-IA»?

Germán Eduardo Vargas
Catedrático/Columnista

De manera intermitente, la capitalización de Nvidia supera a la sobrevalorada marca del “fruto prohibido”. Sus procesadores de IA alteran a la potencia comunista, porque fusionaron el separatismo taiwanés con el imperialismo estadounidense. Finalmente, desde esa ruina de la democracia moderna, un obsoleto presidente se retiró acusando al libertarismo tecnológico de infectar su sistema operativo, instalando versiones oligarcas con formato tecnócrata.

La envid-IA, causa y efecto de tanta desigualdad, revela nuestra insatisfacción por no poseer algo ajeno. Vulnerables, debido a que predomina algún complejo de inferioridad, tendemos a elegir mal los modelos que aspiramos imitar o los rivales que nos obsesiona vencer, y acabamos configurando escaladas de autodestrucción o acoso.

Estandarizada, la productividad de la IA sobrepasa la nuestra, reduce los costos laborales y minimiza las fricciones inherentes a la gestión humana. Testarudos, nos resistimos a reconocer que desperdiciamos nuestro potencial complicando procedimientos, disimulando errores/trampas y renunciando a delegar el inútil retrabajo ofimático a las máquinas.

El Nobel de Economía 1978 advirtió sobre esa «limitada» racionalidad que nos define y se sustenta con bases de datos sesgados, que impiden imaginar o comprobar todas las alternativas, y guían juicios condicionados por estructuras disfuncionales o trastornados por las desequilibradas situaciones actuales.

Aprovechando la dualidad de aquella alerta, el «dataísmo» subordinó al humanismo. Y la IA no sólo devaluó la habilidad computacional que atesoraban los programadores, estadísticos y financieros, sino que amenaza la inmunidad laboral que ostentaban quienes se ganaban la vida engañando a clientes potenciales o capoteando a usuarios indignados.

Sus trucos fueron transferidos hacia sistemas que leen expresiones, interpretan sutilezas y traducen lógicas difusas -reconociendo patrones lingüísticos, emocionales y contextuales-. También aprendieron a adaptar las respuestas a cada demanda o malentendido, y “prescribir recomendaciones” (oxímoron).

Ambas interfaces atienden simulando condescendencia, hasta convencernos de que no hay alternativa, pues fueron diseñadas para explotar vacíos, y contagiar cualquier “alucinación” o «dependenc-IA».

Durante la Gran Recesión, Edward Wilson reveló que el problema de la humanidad era la incompatibilidad de nuestras emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnologías deificadas.

Ahora pretendemos someter a los autómatas, tras debilitarnos mediante una competencia salvaje que desintegró el bien común, y subordinó la empatía ante la conformidad.

Estrenando 2025, Nvidia redimensionó la Ley de Moore, rezagando a sus anteriores generaciones. En paralelo, mientras Colombia gasta anualmente millones de dólares en Microsoft, esa corporación anunció billonarias inversiones en «Ind-IA», y un CEO de fintech se deprimió porque, a corto plazo, la IA lo convertiría en prescindible (t.ly/D2nVY).

Como los trastornos psicosociales y socioeconómicos, el impacto de la IA está subdiagnosticado y menospreciado. No se trata de intersección ni complementariedad, sino de exclusión; pero tanta «desid-IA» impide revolucionar los medios y fines de nuestra «supervivenc-IA».

Conozca los beneficios exclusivos para
nuestros suscriptores

ACCEDA YA SUSCRÍBASE YA

MÁS DE ANALISTAS

ÚLTIMO ANÁLISIS 28/05/2026

Tres activos donde la IA es veneno para tu marca

La solución no es volver al romanticismo de escribir a mano. Eso sería ingenuo. La IA debe ser usada como pasante. La firma final debe tener juicio, cicatriz, contexto y una imperfección reconocible

ÚLTIMO ANÁLISIS 29/05/2026

Riesgo país

Colombia necesita un cambio de rumbo. Requiere liderazgo serio, capacidad técnica y estabilidad para afrontar los retos económicos, energéticos, climáticos y sociales que se aproximan

ÚLTIMO ANÁLISIS 28/05/2026

El desafío de trascender generaciones

Porque, al final, el verdadero salto no es pasar de primera a segunda o tercera generación. Es convertirse en una institución capaz de renovarse sin perder aquello que hizo que las personas confiaran en ella desde el comienzo