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Analistas 21/08/2021

Antropocalipsis

Germán Eduardo Vargas
Catedrático/Columnista

Tras abolir la dignidad humana y extinguir el tejido social, nuestra especie ha lisiado al único planeta en el que presuntamente existe vida inteligente. Y la salvación para los superricos es invadir a Marte.

Tal como sucede con la pobreza e inequidad, los informes de la ONU sobre calentamiento global, por causas antropogénicas, son insulsos. La diplomática Agenda 2030 maquilló el sentido de urgencia que debió existir, y ahora declara “alerta roja”: es tarde para prevenir efectos irreversibles, y la insensible presión de la economía aceleró el cataclismo, incrementando el gasto energético y la contaminación.

Además, las nuevas tecnologías no son tan sostenibles como anuncian; de entrada, su fabricación requiere explotar más recursos naturales no renovables. Entonces, sugiero adaptar a la Tierra la experiencia de quienes colonizarán Marte, regulando la población mínima viable, sembrando cadenas locales de valor y desactivando el consumismo, para producir estrictamente lo necesario, de tal manera que podamos sobrevivir de manera digna.

Malcriados, negamos la naturaleza destructiva de nuestra civilización y rechazamos semejante propuesta, porque creemos que promete un infierno comparado con el actual Paraíso Perdido (Milton, 1667). Mundanos, incluso los mal denominados países desarrollados defraudan, pues sus esfuerzos para salvar al planeta son insuficientes y egoístas.

Intervengan aquel estado fallido de la Ocde, donde cualquier iniciativa humanista, socialista o ambientalista es saboteada por instituciones mezquinas, como el fundamentalista Banco de la República. El inconsecuente gobierno verde también procrastinó la deconstrucción de la capital, y extinguió la segunda oportunidad otorgada por la pandemia (Plan Marshall), despreciando el costo-beneficio de regalar bicicletas-triciclos, de tracción humana, e ignorando otros paradigmas progresistas, como la Ciudad de 15 Minutos.

Mojigatos, el congreso y la corte constitucional omiten controlar la inequidad y el crecimiento poblacional, que acentúan la insostenibilidad; eluden erradicar las motos, que proliferan caos; y evaden gravar las externalidades negativas. Aunque el planeta cambió, resulta imposible promover cualquier alternativa que procure el interés general, porque prima la soberanía neoliberal; además, con cada votación jugamos al limbo, nivelando la vara por lo bajo y hundiéndola más.

Colombianos, 85% de nuestra generación eléctrica es renovable, aunque no necesariamente limpia. Además, acaso aporta 17% de la energía ofertada, porque dependemos de los combustibles fósiles (Plan Energético 2020-2050). Colmo de males, el autoabastecimiento de hidrocarburos permanece en crisis quinquenal, y ruega por la moda fracking.

Ecopetrol sólo *vende humo* y promete *limpieza energética* comprando una transportadora. Por cierto, dicha superintendencia delegó en los ciudadanos la denuncia de *carros chimenea*: sin autoridad, tras el fracaso de los cuadrantes, los comparendos y la chatarrización, las ramas del poder vuelven a lavarse las manos con estrategias como ‘Transporte sin Humo’.

Mientras llega el juicio final, la amnistía total propuesta por el expresidente Uribe difiere de la ley de “borrón y cuenta nueva”, que empezó a escrutar la Corte Constitucional, pues esta no elimina la deuda. Colombia, además, necesita procurar la condonación de deuda extranjera.