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Analistas 23/09/2020

El horror secular

Germán Bolívar-Blanco
Analista y consultor

Son claves algunos aciertos relacionados con el manejo de nuestra economía, principalmente asociados con la estabilidad macroeconómica, que le han permitido desenvolverse en un ambiente con adecuado control de la inflación y relativo acierto en la tasa de cambio, cada vez más amenazada por la presión proveniente de la balanza comercial, cuya excesiva dependencia del sector primario, es decir el agropecuario y minero petrolero, es incierta hoy y hasta frágil, conforme ha evolucionado su demanda y precios en el mercado mundial.

Esta acuciante circunstancia proviene justamente del descuido de la otra cara de la moneda, del sesgo ortodoxo mantenido frente a la estabilización con su rigurosa disciplina y estándares, que llevó a tirar en el cesto del olvido al requerido y neurálgico ajuste estructural, lo que derivó en el pobre desempeño de la productividad, la penosa y dañina situación laboral, la marginal o nula participación del emprendimiento en las cadenas globales de abastecimiento sostenible con valor agregado y de suyo, la pobre canasta exportadora.

Así las cosas nos hemos jactado de ser uno de los países en la región con las mejores tasas de crecimiento del ingreso agregado, que ha emulado por años a sus pares, siendo dicho resultado el dividendo que proviene de la explotación del potencial propio de los recursos naturales, es claro dado el obvio apetito de los mismos por parte de la inversión de condición rentística, con bajos niveles tecnológicos, al compararlo con el capital asociado a las organizaciones que participan en la economía del conocimiento, dedicadas acá solo a vender.

Lo anterior con el agravante que llevamos décadas haciendo más de lo mismo sin ningún cambio sustancial en la estructura productiva, sin incorporar nuevas capacidades que respondan al desafío propio de la evolución de la innovación científica y tecnológica en las fronteras del saber y del poder hacer, con lo cual mantenemos subordinada nuestra soberanía en todos los frentes en los cuales compramos de afuera y no nos atrevemos a fabricar y ofrecer desde nuestra geografía, en alianza y cooperación con el capital que domina esas fronteras.

Ese ha sido el gran error en el que estamos inmersos desde que cambio el paradigma de desarrollo económico, antaño bajo la égida de la sustitución de las importaciones que en su momento, hace casi 50 años, redituó favorables beneficios, el cual debió haber hecho tránsito hacia las reglas de la cooperación recíproca, en lugar de habernos centrado en el reduccionista y perjudicial modelo neoliberal, que en particular tuvo su auge en el gobierno de Gaviria y desde entonces se enquistó hasta el presente, a punto de metástasis.

Esto más que un grave error, ha sido el horror secular que de seguir como vamos terminará llevando a la economía a que lo poco que ha ganado con la estabilización, se desmorone por la grave carencia del ajuste estructural sin los perpetuos sesgos endógenos, sino realizada con mirada global integral. Este es el principal desafío y problema por resolver, así que manos a la obra, so pena de fenecer.