Parece increíble que hace tan solo seis meses el panorama de crecimiento económico de Colombia era el mejor de la región. Ciertamente, los estragos del coronavirus han sido profundos, y a pesar de empezar a reactivarnos como país, la recuperación no se ve en un horizonte cercano. Con un desempleo disparado, una reducción importante en los hábitos de consumo, y la producción industrial colombiana contrayéndose a niveles cercanos a 8,5%, la necesidad de oxigenar la economía toma un papel cada vez más preponderante.

En diferentes foros he expuesto varios elementos que deben ser tenidos en cuenta para reactivar económicamente a Colombia: la eliminación de costos laborales no salariales, la necesidad de reducir los abusos del derecho en temas como la estabilidad laboral reforzada y la generación de mecanismos que aporten a la competitividad de nuestras empresas y que proyecten a Colombia como un escenario ideal para la inversión; cómo no, todo amparado en un proyecto que centre a la empresa como casa común y que sirva como eje fundamental del desarrollo social de todos los colombianos.

Sin embargo, existe un elemento preponderante a la hora de encender las calderas y reactivarnos cómo país: el papel que juega cada colombiano en la construcción de un ambiente propicio para el resurgimiento de nuestra economía. Somos conscientes de la pérdida de ingresos de muchos compatriotas; sabemos del malestar que generó el encierro (a todas luces necesario para proteger la vida), y que ello derivó en un inconformismo profundo; sabemos también que hay cantos de sirena que embelesan a los incautos, quienes azuzados buscan trasladar su inconformismo a las calles generando daños al patrimonio público y el privado. Esto último es inconcebible.

La solidaridad que tanto han pedido de distintos sectores no empieza ni acaba en condenar los hechos de violencia de unos cuantos agentes de Policía, sino que debe ampliarse tanto como para poder ser empáticos con los esfuerzos de cientos de pequeños y micro empresarios que solo buscan su sustento; hechos como los de Cali son inconcebibles: hordas de bárbaros y violentos rompieron los sueños de los dueños de restaurantes, sus colaboradores y sus familias, quienes solo buscaban aprovechar los pilotos de reactivación. Casos como estos se repiten en todo el país. Esto es un triste reflejo de una sociedad condenada por su propia indolencia; una sociedad que arde en un fuego que algunos pretenden capitalizar, e incluso alimentar con la leña del engaño y la demagogia.

Si hace unos días estábamos convencidos del peligroso papel del discurso populista para 2022, hoy quiero hacer un llamado para prevenir y alimentar el incendio derivado por el coronavirus. Las protestas legítimas tienen cabida en todo país democrático y Colombia no es la excepción, pero la destrucción progresiva de la propiedad privada no tiene efectos distintos a destruir confianza del consumidor, minar los sueños de los empresarios, e inmolar nuestra escalera para salir del hoyo al que nos ha enviado este maldito virus.