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ANALISTAS 29/07/2026

Lo que Colombia me dio primero

Fredy Vargas Lama
Director del Doctorado en Administración

Fue un jueves cuando firmé un documento que, en realidad, ya llevaba tiempo siendo cierto. Porque la pertenencia a un país -he llegado a pensar, después de vivirla dos veces- no depende del instante en que el Estado la certifica, sino de la acumulación silenciosa de años que uno construye sin proponérselo del todo: los años en que ya trabajaba para este país desde los espacios internacionales que me tocó habitar, en la Ocde, en el Foro Económico Mundial y en tantas mesas donde Colombia necesitaba una voz y esa voz terminó honrosamente siendo la mía. El documento no inauguró nada. Simplemente le puso fecha, ese jueves, a una gratitud que venía acumulándose desde hace años, casi sin que yo lo planeara.

Y esa gratitud, si soy honesto, empieza por lo más simple: por la tierra misma. He tenido el privilegio de recorrerla, y todavía me sorprende que quepa tanto en un solo nombre: el Caribe de un lado y los páramos altísimos del otro; la luz de siesta eterna de mis favoritas Cartagena y Santa Marta conviviendo, en el mismo territorio, con los verdes escalonados de Boyacá y Cundinamarca, de tantos tonos que parecen una colcha de retazos cosida con una paciencia que ya no es de este siglo. Desierto, nieve, selva, sabana, llano y costa, todo hermoso y todo a la vuelta de un vuelo corto: pocos países se dan ese lujo, como si Colombia, a la hora de repartirse el territorio del continente, hubiera preferido no elegir y quedarse con un poco de cada paisaje posible.

Pero lo que de verdad me conmueve más no es el paisaje, sino la gente que lo habita. Esa calidez que no se aprende ni se finge, esa manera de abrirle la puerta a quien llega de afuera sin exigirle credenciales ni tiempo de espera. Llevo años recibiendo ese amor sin condiciones -en la universidad, en la calle, en la mesa de los amigos, en la vida que construyo- y me pregunto, cada tanto, qué le he dado yo de vuelta a cambio de tanto.

La respuesta, para mí, no puede ser solo palabras: tiene que ser trabajo, buscado y sostenido como se busca, con paciencia, aquello que de verdad se ama. Del Estado peruano aprendí que la gratitud se institucionaliza cuando deja huellas que no dependen de uno: una doctrina, una cátedra, un método que otros hereden. De la consultoría aprendí que la gratitud solo es genuina si sobrevive al roce áspero de la ejecución real, y no se conforma con la comodidad de la buena intención. Del trabajo multilateral, que representar al país y al continente ante el mundo es un honor que se lleva con responsabilidad y orgullo, buscando siempre lo mejor para nuestra gente. Y de la academia, que enseñar es la única forma honesta de multiplicar lo recibido. Eso quiero devolverle a esta tierra que tanto me ha dado: no solo afecto declarado, sino trabajo entregado, buscado con amor.

Confieso, eso sí, que este tema, en el debate público latinoamericano, suele estar mal planteado. Cada vez que un funcionario aparece con dos pasaportes, alguien saca a relucir la vieja sospecha decimonónica de la lealtad indivisible, como si querer a dos tierras fuera aritméticamente imposible, un amor que resta en vez de sumar.

Dos compatriotas míos, por cierto, ya dieron vueltas distintas a esta pregunta. Vargas Llosa, que además de peruano fue español y dominicano, planteó que la identidad nacional es una ficción útil a ciertos intereses, y que imponérsela a alguien es negarle la libertad más elemental: la de decidir quién quiere ser. Jaime Bayly, peruano y estadounidense, lo resolvió de un modo más terrenal: se hizo ciudadano, dijo alguna vez, como quien contrata un seguro, para protegerse de un país que en ese momento le resultaba impredecible.

Ambas son respuestas honestas y no del todo mías. Yo no elijo una identidad en abstracto ni busco refugio de nada: lo mío se parece más a una deuda de gratitud que decidí empezar a pagar en serio. No le quito a Perú lo que le doy a Colombia; descubrí, otra vez, lo que años de pensar la estrategia y el futuro ya me habían enseñado: que la pertenencia, como los futuros posibles, no se reparte entre opciones que compiten, se multiplica en las que se saben construir.

Si esta columna deja algo, que no sea la anécdota de una firma. Que sea, más bien, una convicción: que la pertenencia múltiple no es una anomalía que deba disculparse ante nadie, sino una capacidad -acaso la más exigente de todas- que solo se ejerce bien cuando cada tierra que se habita exige el mismo rigor, sin que la casa nueva reciba ni un grado menos que la de siempre. Dos pasaportes no dividen lealtades, como insiste cierto pensamiento del siglo pasado; multiplican responsabilidades, que es distinto y es más difícil. Un documento, en el fondo, nunca mide cuánto se ama un país -eso yo lo sabía de sobra antes de cualquier firma-; mide, apenas, cuánto está uno dispuesto a quedarse construyéndolo, todos los días, como si fuera suyo. Porque ya lo es.

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