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Terremoto en Ecuador: un campanazo

Desgarradoras son las imágenes que llegan desde Ecuador a raíz del terremoto. A pesar de existir mayor riesgo acá en Colombia, pocos están preparados. Este fenómeno natural que aqueja a la humanidad desde el primer día, ha causado al mismo tiempo temor y fascinación. Mitos y explicaciones erradas son parte de la historia de estos sucesos que ocurren sin avisar.

Los bogotanos conocemos la famosa historia sobre la frase del padre Francisco Margallo quien supuestamente escribió un verso premonitorio que decía: “El 31 de agosto de un año que no os diré, sucesivos terremotos destruirán a Santafé”. Por muchos siglos, ante la falta de conocimiento científico, las sociedades vivían de leyendas y aparatos místicos para explicar y predecir estos acontecimientos.

Por ejemplo, el primer detector de terremotos se le adjudica al astrónomo y matemático chino Zhang Cheng quien vivió durante la dinastía Han, en el siglo II de nuestra era. El artefacto tenía dos metros de diámetro y ocho dragones encima de ocho sapos, todos de bronce, que recibían una bola que hacía la predicción.

A hoy, nadie ha sido capaz de anticiparlos pues tales eventos ocurren cuando las placas tectónicas se desplazan y hacen fricción hasta que ya no resisten más y un pedazo de la roca se rompe. La energía liberada es lo que mueve la tierra.

Por muchos años, la única explicación provenía de la imaginación. En Japón se creía que bajo la tierra vivía un bagre llamado Namazu que era apaciguado por un dios que le ponía una roca en su cabeza, pero cuando este se relajaba, el pez se movía y la tierra temblaba. 

En la mitología hindú, era un grupo de elefantes que al cansarse movía la cabeza. En la China era una gran rana que, al igual que los perros que jalaban un trineo en Rusia, se rascaban de vez en cuando. En los tres casos los movimientos eran ocasionados por animales. Para los nórdicos, aztecas, griegos e incas se debía a actos de los dioses, quienes por rabia, castigo o simple poder, desencadenaban estos fenómenos.

Pero no solo los ciudadanos del común caían en causas erradas. Tales de Mileto creía que la tierra flotaba como la madera y que cuando temblaba era porque esas aguas se movían; Aristóteles consideraba que la causa eran las corrientes de viento dentro de la tierra; mientras que Kant compartía la idea del aire que estaba en cuevas subterráneas bajo las montañas. 

A pesar de contar hoy en día con una sismología robusta, la cual empezó hace 150 años, es increíble ver la poca conciencia y preparación de las personas cuando es claro que ciudades como Bogotá y muchas otras de Colombia, en cualquier momento podrían ser objeto de un sismo. Parecería que el ser humano no aprende sino hasta cuando le sucede a él o alguien cercano. 

Adam Smith decía que a una persona lo afecta mucho más una herida en un dedo que si se entera que murieron millones de seres humanos al otro lado del mundo. Esta semana fue así. Al otro día del siniestro todos estábamos en nuestras actividades a pesar de la tragedia en el vecino país.

Hace siete años, como concejal de Bogotá, elaboré el acuerdo por el cual se establece el gran simulacro de terremoto cada año en la ciudad. La iniciativa se aprobó pues es claro que la ciudad geográficamente se encuentra ubicada en un punto de riesgo de terremotos y en cualquier día ocurrirá. Desafortunadamente, cada año menos personas participan y se preparan lo cual refleja nuestra actitud hacia este fenómeno. Ojalá la tristeza de Ecuador nos sirva de advertencia.