Analistas

La falacia del mercado perfecto

Me sorprende que analistas informados y estudiosos sigan insistiendo en la infalibilidad del mercado. Según ellos, si no se toca y se deja solo, este encuentra un equilibrio al ser impulsado por la imagen más influyente -y engañosa- en la historia de la economía: la mano invisible.

De acuerdo con lo anterior, el interés propio de cada individuo lleva al mercado, como si fuera guiado por una mano invisible, a condiciones óptimas para todas las partes. Adam Smith, quien podría considerarse el primer economista moderno, escribió esta frase en el siglo XVIII. 

La influencia de este postulado ha sido tan fuerte que, a pesar de haberse refutado, sigue teniendo adeptos influyentes. Por ejemplo, la crisis del subprime del 2008 fue causada por este tipo de doctrinas, al igual que el reciente intento de Trump por desregular el sistema bancario al cambiar el decreto Dodd-Frank. Es claro que para muchos la ideología prima sobre la evidencia.

El mercado tiene grandes deficiencias que le impide llegar a un equilibrio óptimo por sí solo. La principal razón son la asimetrías de información; es decir, el hecho que por lo general una de las partes cuenta con más información genera distorsiones.

Dos premios Nobel, al inicio de este siglo, fueron otorgados por investigaciones relacionadas con estos temas. En el 2002 Kahmen, autor del best seller Thinking fast and slow, lo ganó por demostrar que los seres humanos no actúan de forma racional según la economía tradicional. Si las personas no se comportan como se espera que lo hagan y como lo predice la teoría, la noción de que un mercado compuesto por entes racionales que buscan maximizar sus utilidades, fracasa.

Un año antes, el Nobel fue otorgado a los economistas Stiglitz, Akerlof y Spence. Ellos demostraron empíricamente que en las transacciones de mercado, una de las partes tiene mejor información que la otra.

Las implicaciones de este hallazgo son profundas en áreas tan diversas como mercados financieros u organizaciones industriales. Stiglitz en su discurso de aceptación del premio dijo que si el mercado laboral fuera perfecto, según lo sostiene la teoría, no existiría desempleo, lo cual sabemos que no ocurre, así no hubieran sindicatos o salario mínimo. 

Lo mismo sucede con el mercado financiero en el cual los bancos prestan dinero sin tener información totalmente acertada del riesgo que acarrea cada cliente. Si la tuvieran, cobrarían a cada cual los intereses que corresponden a su nivel de exposición. Al no tenerla les toca poner tasas más altas lo que distorsiona el mercado y, en muchos casos, excluyen personas con capacidad y disposición de pago. 

Existen cientos de ejemplos como estos en los que las deficiencias de información perjudican los mercados y no les permiten llegar a un equilibrio que maximice el retorno para la sociedad. 

En términos prácticos, estas fallas implican que el gobierno deba tener un rol preponderante para corregirlas. No se trata de entorpecer el buen funcionamiento ni la eficiencia -que nadie puede negar que el mercado trae-, sino de reconocer que de la misma manera en que el comunismo fracasó, el fundamentalismo de mercado también lo hizo.

Como lo enseñó Buda hace milenios, la guitarra no suena si la cuerda está totalmente floja y se rompe si está demasiado tensionada. Es decir, no debemos llegar a los extremos sino buscar el equilibrio en un punto medio. Hay tantos analistas y economistas a quienes les caería bien acogerse a este consejo.