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Vivimos fascinados con el gran espectáculo de nuestro tiempo. Como magos de feria con trucos inagotables, las grandes multinacionales de la tecnología asombran diariamente a la humanidad con noticias que rayan en la ciencia ficción. Una semana es un nuevo modelo de inteligencia artificial que promete resolver la existencia; al día siguiente, un avance cuántico, una herramienta que crea videos hiperrealistas de la nada o un algoritmo capaz de predecir nuestros pensamientos antes de que los formulemos. Esta ráfaga incesante de anuncios nos mantiene hipnotizados, contemplando el cielo con la boca abierta y convencidos de que habitamos, por fin, la era de lo absolutamente posible. Todo parece deslumbrante, infinito y lleno de color, como si la industria nos hubiera invitado a una eterna e inocente fiesta de globitos en la que nada puede salir mal.
Los ejemplos sobran y el guion parece calculado al milímetro para el asombro de todos. Hace apenas unas semanas, Elon Musk enviaba al espacio su cohete Starship. Más allá del despegue, el verdadero show fue el aterrizaje quirúrgico del Super Heavy, ese gigantesco propulsor de la primera etapa que regresó a tierra para ser atrapado impecablemente en el aire por dos brazos mecánicos. Pocos días después, el turno fue para el Cybercab de Tesla, un vehículo autónomo sin volante ni pedales que, al mejor estilo del DeLorean de Volver al futuro, prometía reinventar el transporte urbano. Ambas estampas, perfectamente virales y producidas con la estética del entretenimiento hollywoodense, cumplieron su cometido: reafirmar la narrativa de que el futuro ya llegó y de que ellos son sus arquitectos.
Sin embargo, como bien sabemos, todo buen anestésico o placebo esconde un dolor profundo, y esta fiesta de globitos no es la excepción. No podemos pecar de inocentes y asumir que asistimos simplemente al cauce natural de la evolución humana abriéndose paso. Detrás de este desfile de luces se libra una cacería silenciosa: la captura masiva y voraz de nuestros datos. Pero esa cacería ya no se conforma con la información superficial: el nombre, la cédula y la clave del cajero electrónico resultan demasiado elementales. La frontera actual son los datos verdaderamente exóticos: nuestras actitudes, aptitudes, fobias, perversiones, patrones de empatía y sensaciones más íntimas. Cada interacción es la materia prima para alimentar algoritmos que, hambrientos de complejidad humana, recalculan sus probabilidades para volverse asombrosamente precisos, predecibles y dominantes.
El verdadero peligro de quedarnos mirando hipnotizados esta gran fiesta de globitos no es solo que nos despojen de la intimidad, sino que terminemos cediendo la soberanía sobre nuestro propio comportamiento. Mientras celebramos cada truco tecnológico y nos maravillamos con el último lanzamiento en las pantallas, entregamos silenciosamente el mapa de lo que somos a un reducido grupo de corporaciones que lo usan para moldear nuestras decisiones, consumos y democracias. Es hora de bajar la mirada del espectáculo, cuestionar el costo de la entrada y recordar que, si el show es gratis y tan deslumbrante, los verdaderos payasos de la fiesta somos nosotros.
La Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría son enormes instituciones burocráticas que tienen funciones muy importantes en la estructura del Estado que creó la Constitución de 1991
Por el momento, los frentes con mayores expectativas han tenido que ver, primero, con el alza en las tasas de los Tesoros de largo plazo (las más elevadas en dos décadas) y, segundo, con la medición de la inflación
Responderlas obliga a elegir, y apostar también es renunciar. Priorizar exige decir abiertamente qué dejaremos de hacer o qué aplazaremos