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En la era de la inteligencia artificial generativa, una frase empieza a definir el nuevo paradigma del trabajo del conocimiento: “la IA hace, el humano revisa”. Pero esa afirmación, aunque cierta, está incompleta. Lo que realmente marca la diferencia no es la revisión en sí, sino el criterio con el que se solicita y se revisa.
El criterio como activo estratégico hace que las herramientas de IA puedan ejecutar tareas con una precisión y efectividad impresionantes: escribir textos, analizar datos, crear imágenes, traducir idiomas o generar código. Sin embargo, el criterio humano sigue siendo el filtro que convierte una solicitud en una respuesta correcta, y en una decisión acertada.
El criterio, ese equilibrio entre conocimiento, experiencia, ética y contexto, es el nuevo diferenciador competitivo. No se puede automatizar, y por eso es el activo más escaso y valioso en un entorno donde todos tienen acceso a la misma tecnología.
El arte de revisar con inteligencia lo que hace la IA no es un trámite, es un proceso de dirección. Requiere saber solicitar, interpretar, corregir, iterar, y sobre todo, dar sentido. Un buen criterio permite identificar sesgos, inconsistencias o errores de contexto que una máquina no percibe. Un profesional con criterio no solo valida la salida de la IA: la mejora, la desafía y la adapta al propósito. Esa capacidad crítica transforma al usuario pasivo en editor estratégico de la inteligencia artificial.
El criterio como estándar de calidad, cada interacción con la IA es tan buena como el criterio de quien formula el Prompt y evalúa la respuesta. De hecho, los mejores resultados no provienen del modelo más grande, sino del humano que sabe qué pedir, cómo pedirlo y cuándo detenerse. Así como una empresa define estándares de calidad para su producción, los líderes digitales deben definir criterios para juzgar la calidad de los outputs generados por la IA: precisión, relevancia, ética, utilidad. Es un proceso de gobierno, no de fe.
Humanos que piensan, máquinas que producen, en este nuevo equilibrio, la productividad ya no depende solo de cuánto hace la IA, sino de cuánto mejora el juicio humano gracias a ella. La IA acelera, pero el criterio orienta. La IA propone, pero el criterio dispone. Por eso, las organizaciones que triunfen no serán las que más IA usen, sino las que formen mejor el criterio de sus equipos. En el futuro cercano, léase hoy, los grandes diferenciadores no serán los algoritmos, sino los humanos que saben pensar con ellos, no contra ellos.
La IA puede hacer casi todo, pero sin criterio humano, lo hace sin propósito. Y en los negocios, como en la vida, hacer sin propósito es lo mismo que no hacer nada.
En muchas ocasiones usted puede haber experimentado en sus interacciones con la IA respuesta flojas, imprecisas, o fuera de contexto, pero también muchos aportes de sus equipos que “nada que ver” con la realidad de su organización y a ellos simplemente se les “pasa”.
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