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Analistas 20/10/2026

La universidad que Colombia aún puede construir

Ernesto-Lucena
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En agosto, el MIT publicó el informe de su comité sobre inteligencia artificial en la enseñanza. La frase que importa no es técnica. Dice que la IA ya produce respuestas creíbles a casi cualquier tarea del pregrado: ensayos, problemas de matemáticas y ciencias, demostraciones, código. Y que ese poder va a crecer. Por eso piden que cada curso se vuelva “consciente de la IA”: revisar qué debe aprender el estudiante, cómo se evalúa y qué uso está permitido. No es una prohibición. Es un rediseño. El conocimiento, dicen, ya se consigue fuera del aula. El valor que queda es la gente.

El mismo informe anota el daño colateral. En menos de tres años bajó la asistencia a las horas de consulta, cayó la participación en los foros y, según lo que escucharon en el campus, se vaciaron los grupos de estudio en residencias y bibliotecas. La máquina no solo resuelve el parcial. Se lleva el pretexto para verse. La respuesta del MIT no es cerrar el campus. Es lo contrario: invertir más en la experiencia residencial, en lo presencial, en la comunidad intelectual. La IA como herramienta. El humano como el lugar donde ocurre la universidad. «El conocimiento ya cabe en casa. Lo que no cabe en el celular es el otro.»
Colombia no es el MIT, y por eso la lección sirve más. Aquí la mayoría de la educación superior no es residencial. Es un bus, una jornada nocturna, una sede que se alquila, un profesor que rota. El estudiante llega, copia la diapositiva y se va. Si el contenido ya está en el teléfono -y lo está, para quien tiene datos-, esa universidad de tránsito se queda sin producto. Competir con la máquina en información es una carrera perdida. Competir en lo que la máquina no da -criterio, oficio, un adulto que corrige de frente, un par que discute- es la única carrera que todavía se puede ganar.

El hueco es doble. En las capitales, el riesgo es la universidad vacía de gente, llena de tareas hechas por un modelo. En la región, el riesgo es otro: que el rediseño llegue solo a quien ya tiene conectividad, y el resto se quede con el aula vieja y sin la herramienta. Cerrar esa brecha no es regalar un curso de prompt. Es que el colegio rural y la sede universitaria tengan luz, datos y un maestro que sepa cuándo la IA ayuda y cuándo estorba. Sin eso, “AI-aware” es un eslogan de Bogotá. Lo que cabe como política es prosaico. Cada programa debería decir, en una página, qué puede hacer el estudiante con la IA y qué tiene que hacer sin ella. La evaluación que solo pide un texto entregable ya no mide nada: hay que volver al oral, al taller, al proyecto hecho delante de alguien. Y hay que recuperar el tiempo juntos. No hace falta un campus de Cambridge. Hace falta un laboratorio que no se cierre a las cinco, un semillero, una cancha, una tutoría que no sea un PDF. La comunidad es la infraestructura que nos falta.

Yo lo he visto del otro lado del pupitre durante más de 20 años. El estudiante no recuerda la diapositiva. Recuerda al profesor que lo detuvo en el pasillo y al equipo con el que se equivocó. Eso no lo entrega un modelo. La IA puede redactar el informe. No puede acompañar el error. Si Colombia entiende eso a tiempo, la universidad no se achica: cambia de producto. Deja de vender contenido, que ya es barato, y empieza a vender el lugar donde una persona se vuelve capaz de usar la máquina sin volverse ella.

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