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Patrioterismo o diplomacia

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En estos días de indignación -mal canalizada- por las masivas y arbitrarias deportaciones y expulsiones de colombianos por parte del gobierno venezolano, conviene recordar a Harold Nicolson, diplomático inglés, conservador, nacido en Teherán, que definía y entendía la diplomacia como el “sentido común y comprensión aplicados a las relaciones internacionales”. Para él era imprescindible la inteligencia y el tacto en las relaciones oficiales entre estados independientes. Como diría Geoff Berridge, es una actividad política que busca generar buena voluntad para promover la negociación. Por eso, las relaciones internacionales se conducen por esta vía y desechan la fuerza, la propaganda, incluso el recurso al derecho si este -por su razón objetivadora- lleva al rompimiento de negociaciones. En palabras de Raymond Cohen se trata del manejo profesional de las relaciones entre estados soberanos. 

Estas semanas los colombianos nos hemos dejado llevar por el patrioterismo y hemos olvidado que la diplomacia es un conjunto de reglas y métodos que permiten a un Estado instrumentar sus relaciones con otros sujetos internacionales y que, como sostiene José María Cantilo, tienen un doble objeto: promover la paz y -no menos relevante- cultivar una mentalidad universal de cooperación.

Dirigentes, funcionarios y medios presionan al Gobierno para que se deje llevar por la provocación que tanto sirve a los fines políticos de Maduro como de quienes con un lenguaje incendiario buscan créditos en la crisis. El senador Uribe, fiel a su rol de “incitatus” (columna del 09.09.2014), decía en la frontera que “El gobierno de Colombia debe hacer cumplir el deber ético y justo de hacer respetar a los colombianos”, pues el odio a los connacionales es similar al que Hitler infundió “contra los judíos diciendo que eran la base del mal y una raza inferior y todo terminó con el asesinato de seis millones de judíos, la dictadura castro-chavista de Venezuela está dedicada a infundir odio contra el pueblo colombiano llamando a nuestras mujeres prostitutas y a nuestros compatriotas paramilitares”. En el Senado dijo: “¿qué se le va a decir a esos miles de ciudadanos que ya hay en la frontera?, ¿con ese sufrimiento se va a aplicar la diplomacia?” Insistió en que la tesis de prudencia que defiende el Gobierno se torna en una política de “apaciguamiento”.

El partido del Senador, paradójicamente, busca la interposición de medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos frente a Venezuela y hace unos meses las rebatía en el caso Petro, y el Procurador General que defiende los intereses de los colombianos -excluyendo varias colectividades que riñen con su confesión religiosa- advierte que denunciará a Venezuela ante la Corte Penal Internacional, pues estamos “frente a delitos de lesa humanidad” por tratarse de deportaciones generalizadas y sistemáticas, aunque no lo serían -a su juicio-, los falsos positivos en Colombia.

Entre los ejemplos de instrumentalización del derecho, el Defensor se suma a la propuesta del partido del Senador y el Fiscal a la del Procurador, mientras que el expresidente Pastrana quiere excluir a Venezuela de los diálogos de paz, porque carece de “la imparcialidad que debe tener un facilitador”. Viviríamos en paz si con el mismo patrioterismo nos hubiésemos indignado de los muertos, de los seis millones de desplazados, de los atropellos y de la impunidad que rige en la guerra a la que muchos no quieren renunciar. Entre tanto, el Gobierno cede a todas las presiones.

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