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El 16 de octubre nos referíamos al plan de paz de Trump para Gaza como un frágil logro donde -con menos intensidad- siguen dándose bombardeos, violaciones al alto fuego, muertos y heridos. Plan que se cristalizó por medio de un ultimátum del inquilino de la Casa Blanca, tal como el que se vence hoy para la “paz” de Ucrania.
El plan de 28 puntos de los estadounidenses para poner fin a la guerra en Ucrania dio a Kiev siete días para aceptarlo o perder el “apoyo” de los EE.UU. colocando al gobierno ucraniano en una posición muy difícil. No se equivoca Volodymyr Zelensky cuando describió el ultimátum como uno de los momentos más difíciles en la historia de su país.
El plan de “paz” propuesto, parece diseñado por Moscú y violenta todas las líneas rojas de Kiev. Así, Ucrania está frente a un riesgo existencial obligado a elegir entre “su dignidad” o arriesgarse a perder al socio militar que le permite hacerle frente a la agresión de Rusia.
Lo más sensible es la cesión de territorio por parte de Ucrania, incluyendo zonas no ocupadas por las fuerzas rusas. Además, el plan contempla que Moscú mantenga el control de la mayoría de los territorios ucranianos que ocupa: Crimea, Donetsk y Lugansk, los cuales serían reconocidos por Estados Unidos como territorios rusos. Adicionalmente, exige que Ucrania renuncie a su aspiración de ingresar en la Otan, objetivo que por cierto figura en su Constitución.
Como si fuera poco sometería a Ucrania a una permanente vulnerabilidad, toda vez que incluye una limitación de la capacidad militar, reduciendo las fuerzas armadas ucranianas a un máximo de 600.000 efectivos, ignorando la principal preocupación de los ucranianos, esto es quedar indefensos ante una nueva arremetida de Putin.
Sin aceptar este plan de “paz” el riesgo se traduce en perder el armamento y la inteligencia estadounidenses, aunque esta última es prescindible, en gran medida gracias a proveedores satelitales comerciales. Ucrania sin el apoyo estratégico de los Estados Unidos arriesga el suministro de armas occidentales, en especial los misiles antiaéreos Patriot, vitales para interceptar los bombardeos nocturnos rusos.
El plan y la forma en que se ha impuesto establecería varios precedentes internacionales significativos, entre estos, la validación de conquistas territoriales por la fuerza y el reconocimiento de los territorios anexados, borrando de un plumazo una práctica abolida desde el inicio de la segunda posguerra.
Como era de esperar, Vladimir Putin ha dado su visto bueno al plan, considerándolo una base para un “acuerdo de paz definitivo” y se refirió a este, como una versión “modernizada” de sus propuestas previas y afirmó estar satisfecho, ya que, si continúan los combates, se verían forzados “a lograr los objetivos de la operación militar especial por medios militares”. El único riesgo que asume Moscú es la reimposición de sanciones en su contra, si invadiera nuevamente Ucrania. Sin embargo, se compensa con el levantamiento de las duras sanciones que le impusieron.
Así, a costa de ceder territorio a su agresor y desmantelar su sistema de defensa (limitación militar y renuncia a la Otan), Ucrania recuperaría estabilidad financiera y el uso de US$100.000 millones en activos rusos congelados claves para su reconstrucción. A las puertas del invierno y la Navidad este es el regalo de su leal socio estratégico.
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