Analistas

Grecia y la baladronada europea

GUARDAR

Álvaro Vargas Llosa -con quien a nuestro juicio es más fácil disentir que coincidir- explica claramente el origen y desarrollo de la crisis griega y la paradoja en que se encuentra la Unión Europea. En Grecia, durante cuatro décadas alternadas de gobiernos de centro izquierda (Movimiento Socialista Panhelénico, Pasok) y centro derecha  (Nueva Democracia) convivieron el capitalismo, el estatismo y la corrupción. Al finalizar el primer quinquenio del nuevo milenio su economía se había contraído  25% y el desempleo rondaba el mismo porcentaje.

La inminente quiebra se solventó con la intervención de la “troika” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario) que autorizó dos rescates de 240 millones de euros. El desembolso gradual fue acordado en fechas precisas y dependía de contrapartidas estrictas (subida de impuestos y reducción del gasto público). Así, los griegos empezaron a padecer los ajustes mientras percibían que sus gobernantes no tenían propósito -ni posibilidad- distinto a cumplir las acreencias con la “troika”. Percepción que aprovecharon los partidos populistas de ambos extremos.

En 2012 Antonis Samarás, con el apoyo del Pasok, le cerró el paso a los radicales de izquierda Syriza, pero su escaso margen de maniobra y la moderación del discurso antieuropeo de estos radicales explican el ascenso al gobierno de Alexis Tsipras que lidera Syriza. Vargas Llosa, recordando las tragedias griegas, evidencia lo previsible que era este desenlace (descrédito del sistema imperante durante cuarenta años, zozobra social y nacionalismos exacerbados) que permitió formar gobierno a una agrupación de radicales de izquierda que obtuvo casi la mitad de los escaños del Parlamento, y sumó el apoyo de Griegos Independientes (una escisión del centroderechista Nueva Democracia).

Tsipras y su ministro de economía Yanis Varoufakis, en su periplo por Europa, busca apoyos para que la “troica” flexibilice las exigencias a Grecia en materia de austeridad, reduzca más los intereses de su deuda y amplíe el calendario de pagos más allá del 2022. El gobierno griego debe pagar en los próximos meses obligaciones que llegan a los 7.000 millones de euros, de lo contrario sus bancos no gozarán de la liquidez que le cubre el Banco Central Europeo y abandonaría el euro. Aquí nace la paradoja anunciada, si Grecia sale del euro, no será porque quieran los radicales griegos, sino por la exigente Europa que los llevó al poder y desconoce la legitimidad democrática de un pueblo que rechaza la excesiva austeridad. “Ni un solo eurócrata se dio cuenta de que no estaban gobernando ellos los países rescatados sino convirtiéndose, en cierta forma, en rehenes de muchos votantes enojados”.

Así, el triunfo de Syriza, más que un problema o una amenaza, es una oportunidad para varios países que vienen pidiendo con timidez menos medidas de austeridad y más de crecimiento. Así lo hizo saber el primer ministro italiano Matteo Renzi al recibir a Tsipras, sin dejar de advertirle, que cada país en crisis debe mantener las reformas estructurales emprendidas en materia de corrupción, administración pública e impuestos. El ministro griego Varoufakis, estaría en esta línea, cuando dijo en Roma que “Estamos dispuestos a hacer nuestros deberes en cuanto al déficit, pero necesitamos tiempo”. 

La “troika” y Alemania, para evitar una victoria de Syriza, ya flexibilizaron las condiciones de pago, aunque ahora, con el apoyo inesperado de España, Portugal e Irlanda, no aflojan por miedo al contagio político, mientras que Italia y Francia se alinean con Grecia. Una vez más el desenlace es previsible, ambos bandos cederán.

GUARDAR
MÁS LR

Agregue a sus temas de interés

MÁS LR

Agregue a sus temas de interés