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Con ocasión de la primera parte de esta columna, me preguntaban respecto de si la palabra tecnofascismo cuenta con una definición cerrada o se trata de un neologismo. Es lo segundo, que indiscutiblemente será una expresión reconocida, pues describe una forma de poder autoritario donde el control social se ejerce a través de la tecnología, la tecnociencia y los algoritmos.
Si bien las personas ya no se fascinan con una ideología política clásica, sí lo hacen con la tecnología y permiten -por la idolatría a esta- vigilancia, algoritmos y control a cambio de comodidad, eficiencia e innovación. Es lo que el desaparecido profesor Sheldon Wolin llamó, a comienzos del siglo, totalitarismo invertido. El poder absoluto existe, pero no se presenta como tal.
Mediante la vigilancia, el uso de big data, Ia predictiva y sistemas de recomendación, se dirigen nuestros comportamientos, todo facilitado por gobiernos autoritarios que -en unos casos- son usados por las élites tecnológicas y, en otros, favorecen la fusión Estado-corporación-tecnología. Así, las decisiones políticas y sociales se delegan a sistemas aparentemente neutros que eliminan la deliberación pública.
La calle dejó de ser el campo de batalla; hoy lo es el flujo de datos, que permite un control sin violencia explícita, donde la sociedad se acomoda sin participar conscientemente del sentido y los fines del sistema, “el gran hermano feliz”. A diferencia del fascismo clásico, no necesita uniformes, masas movilizadas ni líderes carismáticos. Es un autoritarismo tecnocrático de alta complejidad, donde los derechos humanos y el debate político son obstáculos para la innovación y la eficiencia.
Wolin, como uno de los teóricos de la democracia más importantes del siglo XX y XXI, dejó, entre otros escritos, dos libros premiados y muy citados: Politics and Vision (1960) y Democracia S. A. (2008). En este último, acuñó el concepto de “totalitarismo invertido”. Refería que el totalitarismo de nuestros días no es como el de los nazis o soviéticos, pero tiene un sistema donde el poder económico y corporativo controla la política, aprovechando que la gente está despolitizada y la democracia existe solo de manera formal. El poder es real, pero no tiene la apariencia de dictadura.
Para Wolin, la democracia no es solo una forma de gobierno; es un “modo de ser” y un juicio político que debería estar fuera del control estrecho del Estado. Defendía la democracia participativa y el protagonismo ciudadano, de ahí que rechazara un poder ejercido por el Estado, corporaciones y medios que trabajan juntos por la “seguridad nacional”. Todo facilitado por una población que está políticamente desmovilizada, que vota, consume y se entretiene, pero no participa realmente. “Democracia gestionada”. La política se convierte en un espectáculo manejado por élites. No se busca controlar cada aspecto de la vida privada, solo que la gente no se meta en política.
Forzando definiciones cerradas, podríamos pensar que el tecnofascismo es una innovación incremental del totalitarismo invertido, con el mismo origen, pero con énfasis en los algoritmos como motor principal de control y favorecido por otro neologismo, esto es la “tecnolatría”.
De esta manera, y solo mencionando a Latinoamérica, votamos este año en Costa Rica y Perú, lo estamos haciendo en Colombia y se hará en Brasil y Haití.
De allí también la obsesión de Gustavo Petro con el robo de la espada de Bolívar y sus deseos de repetir la historia para un segundo asalto en 2026-2030 bajo la égida de Cepeda, añadiendo este su perfil de comunista atado a la “cortina de hierro”
Nadie le está pidiendo a De la Espriella que reviva la “unidad nacional” con los de siempre, simplemente que gobierne con los de nunca, pero cumpliendo la constitución y la ley