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Política y violencia: el asesinato de Jorge Daza Barriga

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La política democrática es una actividad plural enmarcada en un necesario ambiente de tolerancia y permanente debate entre los partidos y movimientos políticos, de cara a los ciudadanos. Todo ello debe tener como esencia la paz y la exclusión de la violencia.

Por tanto, el primer deber del gobierno de turno es ofrecerle a la ciudadanía la paz y las garantías necesarias para que se desarrolle la política democrática. 

Los gobiernos de Colombia no han sido capaces de ofrecer un escenario democrático para el ejercicio de la política democrática. El presidente de la República, Juan Manuel Santos, debe garantizarlo.

Hacer memoria acerca de que la política democrática requiere del cese de la violencia es un deber permanente. En especial, cuando ocurren crimines  tan violentos y repudiables como el reciente asesinato, en Barranquilla, de un médico que representaba la ética profesional y la vocación de servir a la vida desde la vida.

La muerte de Jorge Daza Barriga es un exabrupto. Un médico que se entregó en cuerpo y alma a salvar vidas con pasión, dedicación y amor no ha debido ser víctima de las manos asquerosas de un sicario. El Estado centralista fracasa como modelo todos los días al no ser capaz de garantizar la vida de los asociados.

La Región Caribe ha sufrido una gran pérdida. La muerte de Jorge Daza Barriga golpeó la sensibilidad colectiva y disminuye a la sociedad de la Región. Esta pérdida carece de sentido. 

Todo parece indicar que el asesinato guarda relación directa con la política. De la política de todo el país, no solo la de la región Caribe.

“Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera de nosotros me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Esto ya lo enseñó el poeta inglés John Donne en el siglo XVII.

Las campanas no han doblado solamente para Jorge Daza Barriga. Han doblado por la Región Caribe y por todas las regiones periféricas del país. El régimen político centralista, con un presidencialismo extremo, no garantiza el cese de la violencia en la política.           

La muerte en forma vil de este científico, poeta y humanista Caribe no es un asunto exclusivo de guajiros y de caribeños. A pesar de que no es un caso particular de violencia, hace parte de la violencia que los gobiernos centralistas no han podido entender, anticipar y erradicar en todo el país, y que la sufre toda la Nación. 

Esta violencia en cada sector de nuestro territorio tiene sus propias particularidades, sus causas y sus propios referentes y modalidades que no pueden ser manejados con una estrategia general ni mirados con la misma lupa.

Las campanas tienen que doblar en contra de la violencia, la intolerancia y el crimen en la política, pero no debemos olvidar que las campanas deben doblar por el régimen centralista que no garantiza ni garantizará la paz en la política. 

No se puede achacar la muerte de este ilustre académico caribeño exclusivamente a los autores. Las autoridades tienen que ser capaces, con este modelo territorial centralista, de erradicar la violencia de la política. Si no es posible, el régimen se convierte en promotor de la violencia por la exclusión y el clientelismo. 

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