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Gabo: un caribe liberal, demócrata e inmortal

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Describir a Gabriel García Márquez no es difícil para un caribe. Gabo era y fue ante todo un hombre caribe, lo repitió hasta el cansancio y lo expresó en cada acto a lo largo de su existencia. Un caribe liberal, desde el plano filosófico, no desde el plano partidista.     

Era un Aureliano Buendía. Ante la injusticia y el atropello se ponía al lado de los que clamaban justicia, libertad y democracia. En su vida respondió como lo hizo Aureliano Buendía ante los atropellos de Apolinar Moscote. Era un liberal, como los de antes que luchaban por lo justo. 

La personalidad de Gabo se formó en un profundo amor a la libertad humana. Las enseñanzas que le transmitieron sus antepasados de la Región Caribe que él se encargó de enriquecer y poner de presente a lo largo de su vida, privada y pública, fue la de un hombre libre.

Su abuelo, un General liberal de las guerras civiles, amigo y luchador por el federalismo al lado de uno de los últimos grandes líderes liberales de Colombia, el general Rafael Uribe Uribe, le marcó en profundidad. 

La presencia del ideario federalista en la visión de Gabo, no puede ser ignorada porque rechazó el centralismo de las élites  que secuestraron la libertad política a la Región Caribe y les arrebató sus recursos. 

La figura central en Cien años de soledad no es otra que la de un General que interviene en 32 guerras civiles, en las que es derrotado, pero que no admite, nunca, la entrega de los ideales de libertad que encarna la lucha por el autogobierno regional.

El resultado de unas elecciones fraudulentas y el decomiso de cuchillos de cocinas en la época en que los liberales por sus ideales marchaban hasta la guerra, en Cien años de soledad, un apolítico, Aureliano Buendía, decide  convertirse en liberal e ir a la guerra por la causa federalista. Bella metáfora.

La figura de Alirio Noguera, que bajo la fachada de un médico escondía a un luchador por la independencia de la Región Caribe, perdida como es sabido con la reforma constitucional de 1886, es paradigmática en Cien años de soledad. El destierro real de federalistas es descrito en forma magistral.

Describe, “(…) El fervor federalista, que los exiliados definían como un polvorín a punto de estallar, se había disuelto en una vaga ilusión electoral”. Cien años de soledad, p. 119. Este fervor disuelto por los partidos tradicionales está vivo, permanentemente, en la ciudadanía de la Región Caribe.

El rechazo a la violencia irracional, como forma de solucionar los conflictos políticos no escapó a su pluma. Repudió el terrorismo militando a favor del humanismo. “(…). Usted no es liberal ni es nada -le dijo Aureliano sin alterarse-. Usted no es más que un matarife”. Dijo al doctor Alirio Noguera. P. 121.         

Era un amante de la democracia y sus instituciones. Estas, como reglas de juego amplias, plurales e igualitarias, no como autoridad ilegítima. Por ello, siempre fue un demócrata. En La mala hora, ironiza como el régimen político promovía y fomentaba la arbitrariedad, la corrupción y el clientelismo.    

Su discurso La soledad de América Latina, en Estocolmo frente a la Academia Sueca fue una invitación a favor de la libertad, la justicia social y la democracia para todo lo latinoamericano y un canto cuya rica y armoniosa melodía resuena en los oídos que ven en la esperanza, la fuerza humana que logra la felicidad. Su ser siempre estuvo al lado de los débiles y era una luz en el firmamento caribe.

La Región Caribe tiene en la memoria inagotable de Gabriel García Márquez, un caribe inmortal.

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