Analistas

El imperativo es suspender la confrontación

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Una responsabilidad ineludible de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho es crear las condiciones que hagan posible la vida en paz de la comunidad política. 
 
La paz, como situación política, no como derecho, tal como se le trata en forma ingenua en muchas ocasiones, se construye, solamente, en la medida en que se superen las condiciones que no la hace posible. 
 
Construir un ambiente de paz es una política que debe ser edificada, simultáneamente, en asocio con otras políticas.
 
Digo lo anterior porque crear las condiciones para la paz, no puede ser reducida única y exclusivamente a la consecución de la superación de un conflicto armado degradado y prolongado. Superar el conflicto armado es un logro político y ético impresionante. Lograr que el silencio de las armas sea remplazado por el diálogo democrático es una conquista extraordinaria para todos, por lo cual, es un imperativo ético y político apoyarlo en forma razonable.
 
Sin embargo, lograr la superación del conflicto armado mediante el diálogo es mucho más significativo porque lo obtenido expresa legitimidad democrática y construcción de democracia, de igual manera, se crean las bases para que el conflicto armado no renazca o le quede difícil renacer. 
 
La situación de paz duradera a la que se aspira demanda que, en este momento, se adelante entre las partes el diálogo para la cesación de las hostilidades y así ganar confianza, legitimidad y aceptación.
 
No es fácil la cesación de las hostilidades, pero es necesaria. El conflicto armado no trae cosa distinta que muerte, miseria, violencia, odio, venganza, mutilaciones, violaciones a los derechos humanos y el exterminio del otro, por lo tanto, se hace prioritario que se exploren los mecanismos que construyan un ambiente propicio para la suspensión de las hostilidades.
 
La guerra es la continuación de la política por otros medios, aseguran algunos pensadores, otros, argumentan cosa distinta, pero el asunto fundamental no es esta discusión sino la construcción,  urgente, del escenario de la paz. Es necesario, por ejemplo, que Naciones Unidas ayude porque no se trata de vencedores o vencidos sino de acabar con esta insensata guerra fratricida.
 
Esta tragedia humanitaria debe parar ya y que no se vuelva a repetir. En este sentido, hay que reflexionar acerca de los orígenes de nuestro conflicto armado. Todo el siglo XX fue de guerras o de preparación para la guerra. La República de Colombia estuvo signada por el conflicto. Tenemos que aspirar a una sociedad libre de confrontaciones de este tipo. La existencia de esta guerra prolongada prueba fehacientemente que algo está mal. Sobre todo que la política está mal.
 
La política está mal porque nadie puede desconocer que  el origen de esta guerra es de naturaleza política. Las guerras son manifestaciones de que el dialogo político no pudo desarrollarse en un ambiente de pluralismo y tolerancia. El asunto, en un momento como este de superación del conflicto armado, no es identificar los responsables sino de esclarecer sus causas. Y estas son políticas porque, infortunadamente, la guerra es la continuación de la política por otros medios.
 
Sólo invito a que reflexionemos sobre nuestro débil modelo de Estado Social y Democrático de Derecho que se fortalecerá en la medida en que se supere la guerra y se eliminen las causas que la generaron. 
 
Revisemos el modelo de Estado nuestro y propongamos su reconstrucción sobre una base democrática. Impulsemos la Asamblea Nacional Constituyente y discutamos sobre sus temas, uno de ellos, el presidencialismo existente como modelo político ineficiente que no brinda soluciones mediante el diálogo.
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