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Adopción: referendo no es para esto

El Parlamento Nacional decidió no aprobar el proyecto de convocatoria a un referendo cuyo tema central es la adopción de niños por diversos sectores de la población. El debate sobre este asunto ha sido cruzado por fuertes posiciones políticas que son influenciadas por cosmovisiones religiosas acerca de lo que es la familia y de cómo debe estar integrada. En una sociedad profundamente laica esta situación no sería materia de deliberación, sin embargo, la realidad es que no hemos logrado consolidar el laicismo.

Mientras nuestra cultura política, social y jurídica no sea influenciada por el laicismo, que no es más que una muestra de tolerancia ante lo diverso y lo plural, el debate va estar presente. Lo más discutido puede ser la adopción de niños dentro de familias diversas, un tema que puede radicalizar la vida política de la nación. 

Mezclar religión y política no es algo sano para la vida democrática. Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios, lo enseña la Biblia.

Ni más ni menos, la Biblia enseña que las esferas de la política y de la religión son totalmente diferentes y deben ser tratadas bajo presupuestos distintos. De lo contrario, nada es más destructivo para la democracia que hacer política con ideas religiosas. La religión es la fuente de la vida espiritual y moral de las sociedades, pero no hay que olvidar que las religiones y las morales son del ámbito privado y no pueden ser trasladadas al espacio de la política. La democracia es lo público, es la vida pública.

La democracia moderna nace de la conquista de la primera libertad moderna: la religiosa. La libertad es autonomía, individual, en la que el poder no puede interferir, por lo cual, cada quien tiene el derecho a escoger la religión que quiera o no tener ninguna. A lo que no tiene derecho es a imponer su religión en el espacio de la política. El Parlamento ha actuado en forma correcta al no aprobar el acto legislativo del referendo.

Nada más peligroso para la democracia y los derechos humanos que someter a la decisión de la mayoría asuntos que pueden introducir discriminaciones. 

No podemos olvidar que el nacimiento de la cultura de los derechos humanos tiene su sello en que somos diferentes y que no podemos ser tratados en forma discriminatoria. Ya San Pablo, en sus Epístolas, enseñaba que no existían ni griegos ni romanos sino seres humanos, cuya naturaleza no admite odiosas segregaciones. En otras palabras, el universalismo del cristianismo tiene fuente en la no discriminación, por lo que a todo cristiano le queda mal impulsarla.

Someter a referendo temas de derechos humanos como la prohibición de adopción nos conduce a la narración del evangelista Marcos, en 15, 14-18, cuando Pilatos sometió a la muchedumbre la decisión de que muriera Jesús o Barrabás. ‘Lavarse las manos’ con el pueblo y su transitoria mente obnubilada no es propio de la democracia y de los demócratas. La democracia niega la tiranía.

Podemos tener diferencias sobre quienes deben adoptar. Lo que no debemos hacer, en una democracia, es arrasar con los derechos humanos y discriminar en forma no razonable. La democracia tiene que ser el reino de los derechos y el referendo no puede ser un instrumento de linchamiento de una mayoría a las minorías. Reflexionemos, abramos los corazones y aprendamos que el referendo no es para estos menesteres.