Analistas

Una clase dirigente irresponsable

Hace años en Palacio, cuando todavía era un orgullo sentarse a manteles con el Presidente de la República y cuando los invitados no entraban por el parqueadero, como en épocas de ingrata recordación, me sorprendió la “profundidad” de los temas de la congrua, cena en homenaje de algún famoso visitante. Recorriendo la calle Real, de regreso al mundo real que en esa época era especialmente turbulento, en materia social, por el estrépito de las bombas, por las cargas policivas y las tomas guerrilleras, me sorprendió la burbuja dorada de Palacio. 

Las señoras bien, que cambian en cada cuatrienio, con contadas excepciones, escanciaron vinos y nos pusieron al tanto de las enormes dificultades que había entre Palacio y la embajada de Washington donde el nuevo designado embajador se quejaba del cambio en el servicio doméstico producido sin su consentimiento, que además de molestarle, restaría brillo a su gestión.

Llegué a pensar que había sido un acto excepcional, donde los enormes problemas nacionales pasaron, por un momento, al cuarto de al lado, para que permitieran un recreo en medio de los avatares de la guerra que se libraba a pocas cuadras de Palacio. Sin embargo el tiempo y experiencia, propias y ajenas, me enseñaron que las costosas cortinas de Palacio producen efectos especiales de aislamiento contra el ruido y contra las variaciones del clima social externo. Tengo la impresión que esa situación se generaliza y que el alto gobierno y la cúpula de la clase dirigente parece no sentir el terremoto social que amenaza nuestra institucionalidad. 

Lo grave ahora es que los sectores privilegiados de este país no han querido entender que la responsabilidad no es solo de los que se sientan a manteles, a celebrar la obtención del Nobel y la soltura de nuestros gobernantes que usan con propiedad el saco leva y pronuncian sin acento el idioma de Shakespeare, y han pretendido trazar unas fronteras, que no existen, entre quienes han compartido el poder por siglos y se lo han rotado sin rubor. 

Se equivocan en materia grave industriales, banqueros, políticos y terratenientes si piensan que los efectos de una paz fallida solo van a afectar a quienes hoy por hoy, y por pura casualidad, detentan el poder, como si no pertenecieran todos al mismo sector privilegiado. No alcanzo a entender la recortada visión de los que creen que con el regreso de la guerra perdemos los amigos de la paz o los que votamos por el SÍ. Tampoco entiendo que, de buena fe, esos sectores crean que Santos, De la Calle, los comisionados y los generales que fungieron en la Habana como negociadores a nombre de la sociedad, cambiaron de la noche a la mañana sus creencias y convicciones para tornarse en furiosos marxistas leninistas, enemigos del sistema. Lo triste y lo grave es que han logrado convencer al hombre de la calle de la inminente llegada del castrochavismo a Colombia, en las alforjas de uno de los más eximios exponentes del establecimiento colombiano: Juan Manuel Santos.

La economía acusa lo embates de la derecha cuya capacidad de destrozo está demostrada. Defender el statu quo en la concentración de la propiedad, los privilegios, la exclusión de pensiones, salud, educación y de oportunidades, de las grandes mayorías, utilizando la diatriba, la descalificación, el estímulo de odios y pasiones, recurriendo a la mentira, le niega al país, so pretexto del Acuerdo, la posibilidad de rectificar el camino y de ahorrarnos otros 300.000 muertos.