.
Analistas 10/09/2022

Fijar prioridades

Pasado un mes de la posesión del nuevo Gobierno, son demasiados los interrogantes que se acumulan y alimentan la incertidumbre que vive el país. Más allá de los problemas habituales que constituyen el diario acontecer, no siempre grato, el costo de vida, en mi concepto, se posiciona como la mayor preocupación del ciudadano de a pie, pero no pareciera prioridad del Gobierno. Es claro que la reforma tributaria presentada al Congreso se convierte en el mayor motivo de desvelo, para el ministro de Hacienda que, dicho sea de paso, poco contribuye a calmar la marea anunciando su posible fugacidad en el cargo. Centrar todos los focos en el discutido proyecto, aplaza en la práctica la inmediata atención que reclama el diario acontecer de la economía, agravado por el invierno que, por lógica, no detiene su curso ni se atempera a la agenda del Congreso y del Gobierno.

Las cifras de inflación reveladas por el Dane, así como las de costo de vida, principalmente de alimentos, sumadas a la caída del peso, amén de los alarmantes guarismos del déficit fiscal y de balanza de pagos, nos indican que se debe actuar inmediatamente aplicando medidas que vayan más allá de las ortodoxas que ha tomado el Banco de la República, elevando las tasas de interés, como lo están haciendo muchos otros países del mundo en la actual coyuntura, signada por los vientos de guerra y por la inminencia de la recesión que muestra sus colmillos en el Viejo Mundo.

Colombia tiene problemas en su economía, ajena al ahorro, de baja productividad, con deficiencias de demanda, en un mercado de oferta, que genera un coctel de previsibles efectos sobre el bolsillo y la capacidad de compra de los más pobres y de los asalariados. Las afugias del ciudadano de a pie, no dan espera.

La reforma tributaria es necesaria mas no urgente. El país estaba montado en la creencia errónea de que la economía gozaba de cabal salud por las cifras de crecimiento que exhibía radiante el predecesor de Ocampo en el Ministerio de las Finanzas, pero la realidad es bien diferente. La euforia terminó y se impone debatir la reforma, previendo sus efectos colaterales, pero el costo de vida no da espera.

Los expertos, más allá de los que se sienten afectados con las propuestas del Gobierno, en materia tributaria, tienen reparos a una reforma que puede, afectar aún más, el precario ahorro y desestimular la inversión, al menos en el corto plazo, ralentizando la productividad. Nadie duda sobre la inaplazable necesidad de generar equidad, a través de los impuestos, en un país donde tributan prioritariamente las rentas de trabajo y donde los tributos carecen de progresividad en las escalas y efectividad en el recaudo. Imposible ignorar estas realidades. La reforma debe aprobarse para corregir las inequidades de nuestro sistema impositivo y para eliminar las exenciones y exoneraciones que la complacencia o las presiones indebidas han consagrado. Quedaría por evaluar la posibilidad de graduar el ajuste en el tiempo y definir las inversiones para que esta economía raquítica, como la llama Petro, recupere productividad.

Gobierno y Congreso tienen la palabra. El Gobierno fijando prioridades, y el Congreso, mostrándole al país su grado de compromiso y su propósito de enmienda para erradicar los viejos vicios de las adhesiones por conveniencia.

Conozca los beneficios exclusivos para
nuestros suscriptores

ACCEDA YA SUSCRÍBASE YA