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Analistas 11/11/2016

El efecto Trump

Edgar Papamija
Analista
La República Más
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Imposible ignorar el resultado de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de Norteamérica, pero hay que establecer las justas proporciones. Se trata de la primera potencia mundial, nuestro mayor socio comercial y primer aliado internacional, con quien tenemos importantes relaciones en temas fundamentales que pasan por la paz, el TLC, el narcotráfico, amén de una protuberante dependencia política que nos ha causado no pocos sinsabores en el vecindario.

La llegada de Donald Trump a la presidencia genera toda clase de expectativas y de especulaciones; pero paradójicamente, en lo que hace referencia a nuestro país, las posibles medidas del nuevo gobierno no pueden generar los apocalípticos efectos que algunos pronostican. Trump, en sus erráticas posiciones de campaña, se ha declarado un proteccionista a ultranza, enemigos de los tratados de libre comercio que Estados Unidos tiene con el mundo. En nuestro caso, bienvenida la revisión del TLC. Las cifras son elocuentes: en 2011 teníamos un superávit comercial de US$8.111 millones; tres años más tarde, tras la firma del TLC, las cifras muestran un déficit comercial de más de US$3.000 millones, lo que comprueba que ese tratado estuvo muy lejos de ser equitativo, no tuvo la reciprocidad que debe tener este tipo de acuerdos y ha demostrado ser inconveniente para el país, pues dado su peso en nuestra economía, ha afectado nuestro desempeño macroeconómico y hoy tenemos enormes dificultades por un abultado déficit comercial y de cuenta corriente.

En el tema del narcotráfico, destacados dirigentes y analistas han venido reclamando una revisión de la política que Washington ha impuesto a nuestro país, que no ha producido los efectos buscados, y por la cual hemos pagado un alto costo en vidas, dinero y debilitamiento institucional.

Algunos analistas anuncian efectos perversos sobre el tema de la paz en Colombia por la llegada de Trump a la presidencia. Estoy con los que piensan que nada sería más perjudicial para el proceso de la Habana, que nuestros vecinos, por importantes que sean, terminen determinando la hoja de ruta que se discute con las Farc. Preocupa el giro de la política americana en manos de un improvisado líder que siembra tantas dudas en lo personal, en lo político y en lo ético; pero es oportuno marcar distancias y  abrir un compás de espera para contrastar la palabrería vulgar del candidato con la realidad pura y dura.

Lo sucedido en Norteamérica y en otras democracias no es fácil de explicar ni de asimilar, pero no hay lugar para la tolerancia o la indiferencia. Se equivocan en materia grave quienes aplauden los resultados electorales que se producen con base en el nuevo populismo del siglo XXI. Los analistas buscan todo tipo de explicaciones, unas mejores que otras, pero no se puede ignorar que estamos frente a un fenómeno que no puede pasar inadvertido. La extrema derecha aplaude frenéticamente esa explosión populista de todas las fobias, que se alimentan en la fatiga de los pueblos con la política y con las condiciones de fragilidad que  la vida moderna impone al ciudadano del común, en un mundo cada vez más inequitativo y excluyente.

En ese orden de ideas, lo que más preocupa de la presidencia de Trump es el contagio de la fiebre populista de derecha que puede producir efectos catastróficos en nuestro país. Estados Unidos tiene fortalezas que seguramente impedirán que un charlatán ambicioso descarrile sus instituciones; pero acá, los efectos de una política segregacionista e intolerante con sectores débiles y minoritarios, pueden ser catastróficos, en la medida que revivan fenómenos de violencia que sufrimos en el pasado y que no podemos correr el riesgo de alimentar por caprichos o por ambiciones políticas.

El país tiene en sus dirigentes, empresarios, intelectuales y ciudadanos del común, la reserva moral contra la intolerancia, la discriminación, los dogmatismos y sectarismos de nuevo cuño.

La presidencia de Trump es un buen ejemplo para no imitar.  

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