Analistas

Caminando por una cornisa

Imposible comentar la actualidad nacional dejando de lado los últimos acontecimientos políticos que, sin lugar a dudas, van a determinar o por lo menos a influir en el desempeño de la economía en los próximos meses. La incertidumbre sigue predominando en las decisiones del consumidor, afectando la demanda interna, y el mercado accionario sigue en contravía de lo que sucede en otras latitudes. Hoy, según Fedesarrollo, el Índice de Confianza del Consumidor quiebra la curva descendente, que traía hace más de un año, recuperando más de cinco puntos, que podrían mirarse como el rebote después de tocar fondo, sin ser demasiado optimistas, pues seguimos en campo negativo y no hay signos que indiquen claramente que saldremos pronto de ahí. De otra parte, el consumo de los hogares colombianos no levanta cabeza, y la debilidad de la demanda interna seguirá así mientras no se recupere la inversión. Solo la confianza de las calificadoras de riesgo que, en alguno casos, nos levantaron la matrícula condicional, y el repunte de la inversión extranjera, en los últimos días, alimentan la esperanza de iniciar, francamente, el proceso de retomar la senda del crecimiento, aunque preocupa que en tan solo dos meses, hayamos acumulado dos punto en inflación, lo que casi garantiza que no alcanzaremos la meta anhelada en esa materia, donde estamos a merced del manejo del Banco Central que, pese a lo anunciado, ha iniciado tímidamente la corrección de la tasa indicativa que definitivamente debe tender a la baja.

Lo anterior para insistir que seguimos en el reino de la incertidumbre, caminando en una cornisa, donde cualquier paso en falso nos puede lanzar al vacío. Es por eso que preocupa la ininterrumpida escalada de escándalos que minan la confianza y ponen en peligro, no solo el desempeño de la economía sino la estabilidad institucional, seriamente amenazadas por hechos francamente bochornosos.

La Contraloría, en pronunciamiento que habla bien del jefe de esa otrora desacreditada entidad de control, abrió proceso de responsabilidad fiscal a 38 personajes por valor de US$6.080 millones por deficiencias en la ejecución de la Refinería de Cartagena, Reficar, llamándolos a responder por posible daño emergente y lucro cesante de una obra con sobrecostos que triplicaron el valor inicialmente calculado y que podrían constituir  la más grande defraudación en la historia del país.

Pero faltaba la cereza para coronar la copa, y Odebrecht apareció nuevamente en escena para poner en tela de juicio, ya no la campaña del Centro Democrático que cobró la cabeza del ex candidato Oscar Iván Zuluaga, sino la propia campaña del presidente Santos, quien por las declaraciones de su gerente, José Roberto Prieto, tuvo que salir a dar explicaciones que, lejos de tranquilizar a la opinión, dejaron el amargo sabor de que estábamos frente a la segunda versión del ingreso furtivo de un elefante a Palacio.

Preocupa entonces que cuando el Gobierno debía emplearse a fondo en el proceso de implementación de los acuerdos de la Habana y en la recomposición de la política económica, tenga que gastar su residual prestigio dando explicaciones, que a nadie convencen, y tratando de desviar la atención del país, hacia otros temas, sabiendo que su credibilidad y la legitimidad están seriamente cuestionadas. No cayeron bien los excesos de la despedida del Vicepresidente, porque todo el mundo la interpretó como el costoso lanzamiento de su candidatura presidencial con recursos oficiales. Dudo mucho que ese acto contribuya de manera positiva a sus aspiraciones de llegar al solio de Bolívar.

Sería loable que Presidente y Gobierno aplazaran las preocupaciones políticas, y más bien, aplicaran sus esfuerzos a dar las explicaciones que el país espera para clarificar y despejar las dudas que se tejen sobre la financiación de las dos campañas, y a utilizar sus restos para implementar el proceso de La Habana, irresponsablemente atacado por quienes han resuelto llegar al extremo de amenazar con reversar lo acordado, en caso de llegar a la Presidencia de la República, situación a todas luces inaceptable e inconcebible.