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Acaba de publicarse Literacies in the Age of AI: Teaching and Learning in the Digital Era (2026), un libro de los profesores Bill Cope y Mary Kalantzis, de la Universidad de Illinois, junto a Gabriela Zapata, de la Universidad de Nottingham. En mi opinión, esta obra debería convertirse en un referente para el sector académico colombiano si, de verdad, aspiramos a transformar nuestro sistema de educación superior en la era de la inteligencia artificial.
Durante décadas, la discusión sobre la calidad educativa se ha concentrado en los recursos físicos: aulas, laboratorios, infraestructura, número de profesores y, por supuesto, el mérito académico como criterio natural de exigencia. En la era digital, es necesario enriquecer y actualizar esa conversación, comenzando por cuestionar el papel del aula física tradicional.
La posibilidad de trascender las cuatro paredes del salón de clase es hoy una realidad, gracias al internet y a las tecnologías digitales. Persistir en un modelo de expansión universitaria basado exclusivamente en grandes infraestructuras físicas -costosas, difíciles de sostener y muchas veces subutilizadas- es ineficiente y riesgoso para la sostenibilidad institucional, especialmente frente a dos realidades incuestionables.
La primera es demográfica: la caída sostenida en las tasas de natalidad está reduciendo la población universitaria. La segunda es pedagógica y tecnológica: el mundo avanza aceleradamente hacia modelos educativos multimodales e híbridos. Seguir invirtiendo recursos escasos para “llenar edificios” con estudiantes, docentes y una operación administrativa costosa, cuando existen capacidades instaladas que podrían compartirse y articularse entre universidades públicas y privadas, es desaprovechar una oportunidad histórica para construir verdaderos ecosistemas educativos en red.
Colombia necesita alianzas interinstitucionales e internacionales para aprovechar las capacidades existentes y ampliar la cobertura con calidad en regiones donde la educación superior ha sido históricamente inaccesible. Es un error pensar que la desigualdad educativa se resolverá únicamente llevando cemento a los territorios. En plena era digital, la prioridad debe ser conectar primero, garantizar infraestructura tecnológica adecuada y crear ambientes de aprendizaje dignos y pertinentes donde más se necesitan.
Desde esos territorios, los estudiantes deberían poder desplazarse con flexibilidad entre sus contextos locales y los campus universitarios. En las ciudades, por su parte, la operación académica debería funcionar de manera extendida, prácticamente 24/7, permitiendo un uso más eficiente e intensivo de los recursos ya disponibles -aulas, laboratorios, bibliotecas, plataformas digitales- y reduciendo costos estructurales innecesarios.
Sin embargo, la discusión sobre la calidad no se agota en la ubicuidad ni en la multimodalidad. La era digital exige un modelo pedagógico reflexivo que promueva la metacognición, fortalezca la dimensión epistémica del aprendizaje, fomente la inteligencia colaborativa, incorpore el aprendizaje adaptativo y priorice la evaluación formativa. Solo así lograremos que los estudiantes desarrollen capacidades para agenciar, de manera autónoma y crítica, proyectos de vida que tengan razones para valorar.
Ese es, en última instancia, el verdadero sentido de las “alfabetizaciones en tiempos de la inteligencia artificial”: no formar usuarios pasivos de tecnología, sino ciudadanos capaces de aprender, reflexionar y decidir en un mundo cada vez más complejo y digitalizado.
Suscripciones digitales, contratos poco usados, viáticos innecesarios, oficinas subutilizadas. Muchas empresas descubren ahorros significativos sin tocar nómina. También, rediseño de jornadas y esquemas laborales
Por mi parte, mi compromiso como senador de la República, ha sido y seguirá siendo trabajar para que las energías limpias avancen a través de una transición energética sólida y ordenada que llegue a todos los colombianos, especialmente a las comunidades históricamente excluidas
Para los países que apostaron a convertirse en fábricas de software, el mensaje es claro y poco amable. Competir solo por costo ya no es suficiente. El mundo no va a demandar millones de programadores junior escribiendo código repetitivo