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La gesta

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Ni el más catastrófico de los pesimistas se pudo imaginar un escenario tan oscuro. Minuto tres, Colombia cede un penalti y le expulsan a ‘La Roca’ Sánchez, uno de sus centrocampistas estrella. 1-0 en contra con el pitido inicial aún fresco y un hombre menos.

Nuestra selección salió dormida ante un Japón intenso, con la mosca en la oreja, y el recuerdo aún latente de ese 4-1 que le endosamos en Brasil hace cuatro años.

En una competencia como el Mundial, el descuido se paga, y se paga muy caro. Si no que se lo pregunten a esos equipos que en el minuto 90, como Túnez, cuando tenían el partido amarrado, recibieron el gol de la derrota por desconcentración.

Colombia nunca se sintió cómoda en el primer tiempo y aunque Falcao ejerció el liderazgo que le corresponde, tratando de calmar al equipo y organizarlo dentro de la cancha, nuestros errores defensivos se sucedieron uno tras otro. Afortunadamente Japón tenía la pólvora mojada.

Y se produjo el milagro que todos queríamos que llegara, pero no pensábamos que sucedería. Falcao, nuevamente, se inventó una de esas faltas que solo los delanteros astutos se sacan de la chistera y extrajo petróleo de un pozo seco.

En ese punto acomodó la pelota Juan Fernando Quintero, un jugador de una zurda exquisita, inclusive más que la de James. Tomó carrerilla; el país con la respiración contenida; golpeó la bola; rasa. El recorrido se nos hizo eterno a todos; entró la bola; o al menos eso pareció. Colombia tembló. Gooooooool. Un minuto, la pelota no entró, incertidumbre; ¿era gol o no?; sí, gol. Volvimos a gritar. ¡Quintero, Quintero!

El fútbol es increíble. No solo da una, sino múltiples oportunidades. Quintero, hasta hace dos años más cerca de ser exfutbolista que cualquier otra cosa, se echó el equipo a la espalda, asumió el rol de James, suplente por precaución, y nos llevó al empate.

Con 10 hombres, aguantar a un Japón que mordía, era un gran premio y los 15 minutos de descanso servirían para recomponer el equipo y pensar en cómo aguantar.

Sin embargo, el cansancio de una primera parte muy intensa, en nuestro primer partido en Rusia, pasó factura. Japón se fue creciendo, Colombia reculó y David Ospina nos salvó de tres goles nipones. Pero tanto va el cántaro a la fuente, que termina rompiéndose. Y así fue. Japón, en un córner, nos metió el segundo. Un golpe duro, pero no por ello inesperado.

La selección no reaccionó bien al gol japonés. Pékerman tampoco estuvo acertado con algunos cambios y el liderazgo de Falcao se fue evaporando con el paso de los minutos. Jugar con un hombre menos es jugar como con un piano sobre la espalda.

Seamos realistas ahora. El resultado es un varapalo para nuestras aspiraciones y seguramente las mentes más optimistas, que nos ponían al menos en cuartos, estarán ahora pensando si pasamos a la siguiente ronda. Japón, sobre el papel, era nuestro rival más fácil. Ahora se vienen Polonia y Senegal.

Pero el fútbol vive de gestas. Y a la luz de lo visto ante Japón, Colombia tiene cómo hacerla. España perdió su primer partido en Sudáfrica y terminó como campeón. Nosotros tenemos muy difícil llegar a una final, pero no avanzar a la siguiente ronda.

Es ahora cuando realmente debe verse el liderazgo de Pékerman, en medio de esta adversidad. Es fútbol, y en el fútbol todo puede pasar. El país confía en sus jugadores. El país confía en la gesta.

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