Analistas

¿Cuándo nos volvimos tan idiotas?

Somos la sociedad de la idiotez. Y así pasaremos a la historia. O mejor dicho, así nos recordarán las futuras generaciones.

Nunca existió una generación con tantas posibilidades, con un acceso libre y cuasi ilimitado al conocimiento, a la tecnología y al desarrollo. Pero al mismo tiempo nunca existió, tristemente, una generación que haya desaprovechado tanto semejante oportunidad de mejorar, progresar y crecer.

Nos tildamos de ser generación X (1965-1979), y (1980-2000) o Z (2001-2010) y la cruda realidad es que somos de la I, la generación sin criterio, facilista, ignorante y grotescamente manipulable. 

Vivimos en un mundo en el que 82% de los estudiantes no sabe distinguir entre una noticia verdadera y una falsa, según reveló recientemente un estudio de la Universidad de Stanford. 

El problema no se aísla en los estudiantes, también permea, y de qué manera, en los adultos. La semana pasada, sin ir más lejos, un habitante del estado de Carolina del Norte (EE.UU.), de 28 años y padre de dos hijos, agarró su fusil y emprendió un largo camino hasta una pizzería en Washington D.C. 

Al llegar a la capital estadounidense, ingresó armado al lugar y realizó un disparo al techo. ¿La razón? Desmantelar una red sexual de menores que Hillary Clinton había montado con el dueño de la pizzería en el sótano del local, según había leído en una red social. Peor aún, ésta información falsa inclusive llegó a ser retrinada por el general Michael Flynn, el candidato de Donald Trump a ser el jefe de Seguridad Nacional.  

Colombia no se salva de esta tragedia de desinformación y manipulación.

Aquí contamos con políticos que se creen las noticias del portal de noticias falsas Actualidad Panamericana; lumbreras que creen que las tendencias de las redes sociales son manipuladas desde un escritorio en Bogotá; personas que votan masivamente en contra de la paz porque creen que el país se le va a entregar al homosexualismo y al castrochavismo, así como líderes que denuncian situaciones retrinando fotos de eventos que no tienen nada que ver con los hechos de los que están hablando.

La culpa no es de las redes sociales, como se está tratando de vender la cuestión. 

Claro, es el camino fácil, matar al mensajero. Ya lo hizo el actual ministro de Defensa Luis Carlos Villegas, quien en algún momento insinuó, palabras más, palabras menos, que se debían censurar.

La culpa la tenemos nosotros. La culpa apunta a la educación que le estamos dando a nuestros hijos y a nosotros mismos.

Allá donde quiera que vamos, estamos, y me incluyo, pegados al celular chateando por WhatsApp, o entrando 10, 15 o 20 veces al día, si no es que más, a nuestras cuentas de Facebook, Instagram o Twitter para ver el número de ‘likes’ que ha recibido nuestras publicaciones. El tiempo se nos va en cuestiones que poco le aportan a nuestro cerebro.   

Cuando no estamos en ello, andamos en el ‘Pokemon Go`, un juego que han descargado 700 millones de personas a nivel mundial en menos de un año en busca de cazar monigotes virtuales.

Comportamientos como estos son los que deben ayudarnos a entender, de alguna manera, las decisiones cada vez más incongruentes que hemos ido adoptando como sociedad: el triunfo del Brexit, la victoria del No en el plebiscito, la presidencia de Donald Trump y el rechazo italiano a modernizar su constitución.

Somos una sociedad ignorante, que ha perdido el criterio, que no sabe diferenciar entre una  verdad y un engaño, desinteresada en corroborar la información. Y así nos está yendo. Triste, triste todo.