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ANALISTAS 20/05/2025

La primera vez

Claudia Dulce Romero
Directora sede principal Politécnico Internacional

Hace unas semanas subí caminando, por primera vez, al cerro de Monserrate en Bogotá. Llevo 25 años viviendo en esta ciudad y me parecía increíble no haberlo hecho antes. Tomé la decisión de subir acompañada por una gran amiga que lo hace como ejercicio casi tres veces por semana.

La noche anterior hablábamos sobre mi aventura. Le confesé mis nervios y emoción, y le pedí algunas recomendaciones. Me respondió: “No te confíes en la montaña, hay que tenerle algo de respeto”. Aunque sabíamos que no íbamos a subir el Everest, su frase resonó en mí la mañana siguiente, cuando intentaba regular la respiración en medio del ascenso por la montaña más famosa de la capital. Aun así, me sentía tranquila: iba acompañada de su experiencia.

¿Recuerdan cuándo fue la última vez que hicieron algo por primera vez? Sin importar la edad o la experiencia, hacer algo nuevo siempre viene acompañado de cierta dosis de miedo e incertidumbre. No sabemos a qué nos vamos a enfrentar. Aparece el temor a fallar, la vergüenza por no lograrlo o, incluso, por lo que otros puedan pensar.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el liderazgo? Esta experiencia cotidiana me llevó a pensar en el momento en que alguien se convierte por primera vez en jefe. Cuando lo ascienden y, de repente, tiene personas a su cargo y nuevas responsabilidades. Yo les conté que ir acompañada me dio tranquilidad. Pero, lamentablemente, en el mundo laboral, muchas veces los ascensos no vienen con procesos de acompañamiento, formación o seguimiento. Y eso aumenta el riesgo de fallar.

Si eso sucede, no hay que tener miedo. Siempre hay alternativas: buscar a alguien que ya haya vivido esa experiencia. Puede ser el jefe directo, quien incluso pudo impulsar ese ascenso. Pero si esa persona no tiene las habilidades para guiar o no hay la confianza suficiente para mostrarse vulnerable, también se puede buscar apoyo fuera de la organización o en otros colegas dentro de ella. Una mano amiga y una voz de apoyo siempre serán valiosas en ese primer caminar.

La montaña laboral también se debe subir con humildad y respeto. Cuando no se sabe exactamente a qué se enfrenta, es mejor dar pasos en calma, reconocer al equipo, comprender el propósito del área y asumir los desafíos con sensatez. Es fundamental no dejarse deslumbrar por el poder ni por el título del cargo.

Y lo más importante: no pasa nada si comete errores. Cada paso puede ser una oportunidad de aprendizaje. Dicen que “el éxito es la suma de pequeños esfuerzos repetidos día tras día”, y por eso es clave reflexionar sobre el impacto de nuestras acciones y practicar constantemente para mejorar. No se trata solo de ser buenos profesionales, sino también de ser líderes humanos, conscientes y comprometidos con la transformación de las personas y las organizaciones.

Ser jefe por primera vez se parece mucho a subir Monserrate: no sabes exactamente cuánto falta, te encuentras con obstáculos inesperados y personas que te animan. A veces duele, a veces dudas, pero paso a paso descubres que sí puedes. Y, sobre todo, recuerdas que no se trata de llegar primero, sino de disfrutar el recorrido, respetar el ritmo de los demás y tener presente que todos -incluso el jefe- seguimos subiendo

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