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La reciente subasta del cargo por confiabilidad para 2029-2030 adjudicó tanto plantas térmicas a gas como proyectos solares y eólicos. El presidente Petro la calificó de “alta traición” y aseguró que “El Niño no se enfrenta con gas, sino con el sol”. Otros, en cambio, advierten que esa nueva capacidad podría resultar insuficiente en los momentos de mayor tensión del sistema.
Mientras tanto, las señales empeoran. El Ideam advierte la llegada de un fenómeno de El Niño fuerte, más intenso que el de 2024, con una probabilidad superior a 90% para el segundo semestre. Los embalses rondan 64%, cuando deberían estar por encima de 80%. En un país donde siete de cada diez bombillas se encienden gracias al agua, eso no es un simple dato técnico: es una alerta. El último racionamiento, entre 1992 y 1993, le costó al país entre 2% y 3% del PIB y dejó una lección que no podemos olvidar.
Pero el debate está mal enfocado. El historiador de la energía Jean-Baptiste Fressoz lo ha explicado con claridad. La transición energética suena bien, pero, después de dos siglos de cambios, hoy se quema más carbón, petróleo, gas y leña que nunca. Las fuentes de energía no se reemplazan: se acumulan y conviven. Por eso, oponer el sol al gas como si fueran dos épocas irreconciliables es insistir en un esquema que los hechos desmienten.
El problema de fondo es otro: no es lo mismo capacidad instalada que energía firme. La solar aportó cerca de 38% de la capacidad adjudicada, pero apenas 7,7% de la energía firme; es decir, de la electricidad que realmente llega al enchufe a las siete de la noche de un día sin lluvia ni viento. El sistema colombiano, mayoritariamente hidráulico, no soporta una sequía sin un respaldo que hoy sigue siendo térmico. El gas no aparece como una traición a las renovables; aparece como el seguro que evita que un sistema atado a la lluvia colapse cuando deja de llover.
Reducir todo a la figura de un traidor sobornado resulta cómodo, pero empequeñece la magnitud del desafío. Sin embargo, pretender resolver la confiabilidad de 2030 solo con más gas también nos ata al pasado y hará más difícil la descarbonización.
Entonces, ¿qué hacer? Lo inmediato es evitar un apagón a fin de año.
Cuatro decisiones no dan espera: preservar los embalses con un despacho más eficiente, asegurar la regasificación y el suministro de gas, reducir el riesgo financiero y activar medidas del lado de la demanda.
Y para que la próxima sequía no vuelva a empujarnos hacia el gas, la pregunta no debe ser si es gas o sol, sino cómo construir una firmeza descarbonizada: almacenamiento con baterías, geotermia, hidroeléctricas de embalse con reglas de operación más estrictas y eficiencia energética agresiva. Esa discusión debe quedar incorporada en el diseño mismo del cargo por confiabilidad.
Cuando falla la energía, no fracasa una tecnología: fracasa la política pública frente a los ciudadanos.