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¿Un virus en realidad aumentada?

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César Mauricio Velásquez O. Exembajador en el Vaticano

El virus va rápido, pero las noticias más. La realidad es preocupante, pero la percepción es trágica y fuente de sicosis que en cuestión de días ha logrado afectar el animo mundial.

La vida cotidiana en muchas ciudades ha cambiado por causa del coronavirus. En el norte de Italia, país más afectado de Europa, fue decretada una zona roja que establece severas limitaciones. El turismo se ha reducido en 32%, se calcula que en los próximos meses dejarán de venir 31 millones de visitantes.

Una situación dramática que el presidente del gremio del turismo italiano, Luca Patanè, califica de desafortunada, pues “estamos pagando por las consecuencias de una comunicación por parte de los medios mucho más letal que el propio virus”. Una crítica comprensible que debe ser analizada con responsabilidad y realismo.

El equilibrio informativo debe aportar hechos y datos sin abrir espacio a la especulación, sin generar pánico en la ciudadanía o afectando su confianza. Sin duda la percepción y la sicosis está cobrando otras víctimas. La simple lectura diaria de infectados y fallecidos, así como la dramatización de la realidad poco aporta a una visión veraz y solidaria de la epidemia.

La realidad del virus, así como su difusión informativa, a veces en tono alarmista, ha logrado imponer nuevos hábitos personales y sociales, la expedición de decretos y la cancelación de múltiples eventos públicos y privados de todo tipo, incluyendo partidos de fútbol a puerta cerrada. En colegios y universidades de Italia fueron prohibidas las clases hasta mediados de marzo.

El coronavirus no tiene fronteras, es fruto de la globalización, del mundo sin muros y de apertura comercial. En este sentido, por ejemplo, el veto de Israel y Estados Unidos a Italia es excesivo, pues los controles médicos y cuarentenas a cada persona ya responden a la emergencia.

Los indicadores mundiales muestran que el virus disparó la desconfianza y está frenando el avance de la globalización comercial. Los pronósticos de las ciencias exactas podrían errar en el inmediato futuro. Las autoridades económicas no alcanzan a visualizar lo que podría llegar a ocurrir y sugieren “contentarse con lo puesto”.

La doctrina del optimismo, fortalecida con el comercio global, las certezas científicas con sus prontas soluciones y respuestas parecen quedar en suspenso y dejar en solitario al ser humano todo poderoso. Una vez más la fragilidad del ser humano se evidencia.

Tal como en la antigüedad, cuando el hambre y la peste aparecían y diezmaban grandes poblaciones, hoy el virus avanza sin importar índices de crecimiento, recursos energéticos y nuevas tecnologías. Una realidad, que por el mismo bien de la humanidad, no debería ser aumentada en redes sociales ni en medios de información.

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