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La guerra de los desarmados

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Cecilia Arango Rojas

Desde que se hizo pública la posibilidad de negociaciones de Paz en Colombia en el año 2012, manifesté que “mientras que los desarmados estén en guerra, no será posible la Paz verdadera”. El tiempo se ha encargado de corroborar mi pensamiento, aunque se entiende que la paz es un proceso y llevará varios años lograrla plenamente.

Han sido muchos años de dolor y guerra. Más de los que nosotros quisiéramos. Sin embargo, debemos hacer un esfuerzo superior para llegar a consolidar una paz estable con procesos de reconciliación y perdón entre todos y para todos.

Ese perdón debe comenzar por nosotros mismos. Nos hemos vuelto una sociedad que toma partido con pasiones, sin pensar en aquellos que sufrieron el conflicto y anhelan un nuevo destino para ellos y sus familias; pensamos en lo que sería más conveniente para nuestro “proyecto”. Olvidamos que somos una comunidad y debemos trabajar hacia un norte común claro.

Algunas veces caigo en posiciones individualistas, me toca reflexionar y agregar más variables en la fórmula para buscar una actitud más ecuánime e incluyente.

Soy hija de la guerra de mediados del siglo pasado. No conozco a fondo mi familia paterna por ausencia de sus miembros; muchos de ellos fueron víctimas de la absurda confrontación partidista; los pocos que sobrevivieron decidieron no hablar del tema. Algunos tuvieron una nueva oportunidad, como mi padre, quien gracias a una decisión acertada se quedó en Barranquilla. Si él estuviera vivo seguro que me diría: “hija, conflictos los tenemos todos los días, la decisión está en nuestras manos; avanzamos o nos ahogamos”.

Los acuerdos firmados son un logro, hay que cumplirlos o mejorarlos pero nunca retroceder, sin embargo faltan algunos con otros actores. Lo acordado son las bases para avanzar en aspectos pendientes de mejora, hay que trabajar en la modernización del país, que tiene la obligación de consolidarse en el escenario productivo global y cerrar la gran brecha socio-económica interna. Hoy pasamos por un momento confuso, solo saldremos de este enredo cuando pensemos más en el bien común que en el personal.

Cuando seamos conscientes de que el cambio comienza por mí. Cambiar la actitud frente a mis responsabilidades; consciente que estas son también con la sociedad en la que vivo; para tomar las decisiones correctas en nuestro actuar desde el rol que desempeñamos, cambiar para construir con nuestras decisiones las bases de una sociedad donde se articulen las instituciones públicas modernizadas de cara a los nuevos retos socio-económicos y tecnológicos; el sector privado y la academia trabajando articulados y logremos que se fortalezca la célula fundamental de toda sociedad; la familia.

Saquemos la cabeza del humo que nos lanzan y retomemos nuestro destino. Respetemos las posiciones diversas y entendamos que el país se enriquece con la diversidad y la pluralidad. Formemos en ciudadanía y democracia. Hagamos de nuestras ciudades laboratorios de paz y convivencia y construyamos un país donde todos tengamos nuestra oportunidad con responsabilidad.

Ya no podemos devolver el tiempo y reescribir la historia, pero sí podemos escribir un nuevo aquí y ahora, que nos forjará un nuevo destino.

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